26/4/08

El cambio recién empieza

 





La fábula oficialista de la distribución del ingreso, la evolución de los precios y el efecto de la inflación en el índice de pobreza, que en el Indec se encargan de ocultar. La renuncia de Lousteau, el conflicto con el campo y el mando de Néstor Kirchner. El desvanecimiento de la autoridad presidencial y la centrifugación del poder.


La coartada que suele invocar el oficialismo para justificar su práctica económica centralista y confiscatoria es que, merced a esta, "hay comida en la mesa de todos los argentinos" pues "estamos redistribuyendo el ingreso".
Esas afirmaciones no se llevan bien con la realidad; ese relato es desmentido hasta por técnicos y publicistas del riñón del gobierno.

Crecimiento de la pobreza

La Consultora Equis, una de las instituciones que, al mando del sociólogo Artemio López, produce encuestas y análisis para el kirchnerismo, ofrece informes semanales sobre la evolución de la Canasta Básica Alimentaria (CBA), un índice que delimita los umbrales de pobreza e indigencia. De acuerdo a la investigación y al análisis de Equis, que López reprodujo en su blog personal, "la tendencia de precios es creciente y ya en el primer trimestre de 2008, la CBA acumula un 30% de aumento sólo en 90 días".
Observa López que "el notable corrimiento en el valor de la línea de la pobreza que supone este aumento de la CBA del orden del 30% trimestral hará que a mediados de año, el 50 por ciento de los trabajadores asalariados privados-formales reciban salarios por debajo del umbral de la pobreza para un hogar de cuatro miembros, configurándose entonces una situación social explosiva".
Vale la pena recordar que niveles de pobreza cercanos o superiores al 50 por ciento se registraron alrededor de la gran crisis de los años 2001 y 2002, esos años en que se producían vertiginosas renuncias presidentes y vicepresidentes. Tiempos en los que, en rigor, la Argentina no contaba con los magníficos precios internacionales que en los últimos cuatro años benefician a nuestras producciones emblemáticas.
La organización no gubernamental Adelco Nacional estudia la evolución de los precios de 22 productos alimentarios de primerísima necesidad (arroz, harinas, leche, huevos, papas, yerba mate, queso, nalga, pollo) y 6 de higiene, a través de dos canastas de compra, la primera de artículos con marcas muy conocidas, y la segunda, con los más baratos. Desde marzo de 2007 a marzo 2008 los precios de la canasta de primeras marcas se incrementó en un 36,72 % y la de productos más económicos, un 37,14 %. Si estos números se proyectaran el alza alcanza entre un 45 y un 50 por ciento anual, y pinta un paisaje muy parecido al que desvela a Artemio López.
Otra prestigiosa consultora, Economía & Regiones, conducida por Rogelio Frigerio, ha señalado que en el año 2007 28 de cada 100 trabajadores en blanco percibieron sueldos por debajo de los 800 pesos, es decir, quedaron del lado malo de la línea que marca la pobreza. Nótese que el estudio se refiere a los trabajadores registrados; es obvio que los trabajadores en negro (un 40 por ciento de la fuerza laboral) están en una situación aún más vulnerable.
Un 28 por ciento de pobreza es una marca que supera (en el peor sentido) todos los índices de la década del 90. Quizás para no incomodar a los voceros oficiales (en especial a la señora de Kirchner, que insiste con el tema de la distribución) el INDEC suspendió la presentación de la medición de la evolución de la pobreza correspondiente al segundo semestre del 2007.
Como se ve, el relato de la distribución del ingreso se ubica más en el género de la fábula que en el de la narración realista. Laos progresos en los indicadores de ingreso de los últimos años sólo devolvieron los valores a los mejores años de la convertibilidad. "A grandes rasgos, se puede ver que la distribución entre el 25 por ciento del escalón superior y el 25 por ciento inferior de la pirámide no mejoró mucho desde el año 2000", afirmó, por ejemplo, Héctor Gertel, del Instituto de Economía y Finanzas de la Facultad de Ciencias Económicas.

Inequidad en el reparto territorial

La irrealidad argumental del oficialismo se acentúa cuando se enfoca el tema de la distribución desde el punto de vista territorial, es decir, desde la perspectiva del federalismo. Porque pobreza hay en todos lados, pero mucho más en el interior. Un estudio de Fiel que compara la concentración personal del ingreso por regiones entre 2004 y 2007 indica que casi la mitad del 10 por ciento más pobre del país está concentrada en el norte del país.
Tampoco es equitativa la distribución de los ingresos fiscales: de los fondos que recauda el fisco, 7 de cada 10 pesos los concentra la caja central, que manejan los Kirchner. La insistencia del gobierno en sostener el régimen de retenciones y apretar cada vez más la presión en ese punto se explica exactamente al revés del discurso oficialista: no es para distribuir el ingreso, sino para concentrarlo en el tesoro central con la excusa de que las retenciones no son coparticipables. Así, las provincias, de donde surgen esos recursos se deslizan velozmente hacia el déficit financiero. Los gobernadores, que empiezan a recuperarse de una prolongada disfonía merced a la movilización del campo, ahora elevan críticas: lo ha hecho el santafesino Hermes Binner, lo hizo el cordobés Juan Schiaretti. El titular de Catamarca, Eduardo Brizuela del Moral, un radical K, rompió esta semana con el oficialismo por estas patéticas miserabilidades. Y hasta el riojano Luis Beder Herrera parece dispuesto a golpear la mesa: «La Nación tiene buenos ingresos pero a La Rioja no están llegando», se quejó.
Según él, las transferencia de impuestos que se redistribuyen «han bajado 30% o 40%, y los gastos suben otro tanto". En febrero la provincia recibió 68 millones de pesos y en marzo, cuando aguardaban 70 millones, sólo les remesaron 46.
Para la consultora Economía & Regiones, en el tercer mes del año las transferencias automáticas de recursos nacionales al interior del país cayeron 7,8% ($ 360 millones menos) respecto de febrero. Para colmo, no sólo la caja central concentra recursos y reparte menos, sino que también restringe obras públicas. Las provincias, que aportan casi 40.000 millones de pesos en concepto de retenciones apenas reciben 9917 millones para obras: un magro 25 por ciento. ¿Redistribución del ingreso? Sólo en beneficio de lo que ha sido llamado "capitalismo de amigos", es decir los felices receptores de los cuantiosos subsidios que selectiva y misteriosamente reparte el gobierno. Pero hay más trabajadores pobres en un país que tiene un estado central rico y provincias y municipios menesterosos y endeudados.
Enfrentado con la clase media urbana y, notablemente a partir de la movilización del campo, con la clase media rural, la inflación y el constante incremento de la canasta básica alimentaria conducen al gobierno a chocar ahora con los sectores más sumergidos. Néstor Kirchner corre a buscar la ayuda del aparato peronista granbonaerense que él y su esposa denigraban cuando lo veían liderado por Eduardo Duhalde; pero lo hacen justo en el momento en que, según el análisis y el vaticinio de Artemio López -un amigo de la Casa Rosada- allí se configura "una situación social explosiva".

El miedo se evapora

Las recetas económicas del kirchnerismo, sostenidas por los buenos precios internacionales y la confiscación de las rentas provinciales, han necesitado, además, del miedo, como factor motorizante: caja y miedo, un dispositivo elemental de premios y castigos. En julio del último año, tras el fuerte discurso de Luciano Miguens en la inauguración de la Exposición Rural, señalábamos aquí: "la estrategia del miedo, que fue útil para amordazar al empresariado durante un largo período, comienza a perder eficacia a medida que la sociedad incrementa su hastío y a medida que más amplios sectores sectores descubren el paulatino debilitamiento oficial. Kirchner necesita que le teman y hará lo posible para conseguirlo".
Ahora, el kirchnerismo recala en el peor de los mundos posibles, la sociedad le ha perdido el miedo; el terror sigue reinando, todavía, en el interior del aparato oficial, donde nadie se atreve a objetar, desmentir o cuestionar las ocurrencias del señor de Puerto Madero. Ni siquiera, al parecer, su señora esposa. A uno que tuvo la osadía de balbucear algunos sensatos aunque tímidos reparos –Felipe Solá-, de inmediato le echaron encima los perros disciplinarios.
El gobierno ha decidido romper todos los espejos que no le devuelvan la imagen de sí que quiere ver. Como señalamos en este espacio en septiembre de 2007 "la burbuja de verdades complacientes que el poder construye opera como el espejo de la Madrastra de Blancanieves y supone los riesgos advertidos hace más de un siglo por José Hernández: hace el efecto de una venda puesta sobre los ojos del que camina al borde de un precipicio". Quizás Néstor Kirchner pudiera parafrasear aquella famosa frase del general boliviano René Barrientos: "El país estaba al borde del abismo y decidimos dar un paso al frente".
En el espejo de la Madrastra no se registra la palabra inflación. Guillermo Moreno fue conchabado para que borrara el término del léxico permitido y rompiera el termómetro del INDEC. No fue suficiente; ni siquiera los ministros se atienen al relato oficial.El joven Martín Lousteau peroró (tardía, quizás provocativamente porque estaba harto del maltrato con que el gobierno pagaba sus saberes adquiridos en universidades prestigiosas) sobre la necesidad de reducir las presiones inflacionarias, achicar el gasto público y concentrar los subsidios en los sectores más desprotegido. Fue una forma de dar las hurras y correr a repararse del fuego amigo. "Me voy por motivos que vos mismo compartís", le confesó al jefe de gabinete Alberto Fernández, según narró en La Nación el siempre bien informado Carlos Pagni. Lousteau sabrá por qué le dijo eso a su jefe y protector. Sea o no cierto que el ex ministro y el jefe de gabinete comparten los motivos que el primero eligió para irse, lo cierto es que tanto uno como el otro ingresaron a la etapa del conflicto con el campo de la peor manera: asumiendo una posición que en su desarrollo contradecía el rol que ambos íntimamente se adjudicaban y los colocaba, sin convicción, en el rol de sus adversarios internos. Fernández ha procurado mostrarse como el ala prolija, moderada, negociadora del gobierno. Lousteau se suponía que llegaba para poner racionalidad económica, introducir lógica en el voluntarismo compulsivo, mejorar la situación ajustando el gasto, antes que incrementando el fiscalismo confiscatorio. Una vez que ambos dispararon las retenciones móviles (y con ello la guerra contra el campo), la realidad los fue deslizando al terreno del "ala dura"; tuvieron que defender los métodos de Guillermo Moreno, afirmar que la inflación era apenas "una consecuencia del crecimiento", nada importante. En fin: se fueron quedando sin papel. Lousteau decidió eyectarse. Fernández quedó muy debilitado.

El gabinete pintado

La dimisión del ex ministro de Economía resultó sorpresiva inclusive para los muchísimos que la vaticinaban. Su retirada "pagaba 2 pesos", para decirlo en términos turfísticos. En esta página señalamos a fines de noviembre, cuando el nombre del joven académico surgía como reemplazante de Miguel Peirano y la señora de Kirchner no había dejado aún su condición de primera dama: "Lousteau sabe que tiene un futuro técnico por delante y que, si quiere preservarlo, debe lograr que las concesiones que haga a la lógica del poder sean medianamente compatibles con el buen sentido profesional. En no demasiado tiempo se verificará si la de Peirano fue la última crisis del kirchnerismo reelecto con los responsables del área económica, o sólo una de las penúltimas".
Lo que asombró fue el hecho de que Lousteau pudiera elegir el momento de su partida, contrariando así –al menos en la despedida- la lógica de obediencia que impone la pareja reinante a sus subordinados.
Se rumoreaba que la señora de Kirchner "refrescaría su gobierno" en mayo, cerca de la fecha patria, con un cambio de gabinete. La idea de que un paso de esa naturaleza podía ser significativo tenía mucho de confusión, de creer que las ceremonias pueden sustituir el reino de lo real. Si se hablara de un gabinete en serio (un grupo que se reuniera periódicamente, constituido no por funcionarios obedientes, sino por personalidades fuertes y seguras de sus pensamientos y conductas, capaces de debatir y oponer razones ante propuestas peregrinas, inclusive si estas proceden "de arriba"), sacar un hombre y poner otro podría tener su importancia. Pero no es el caso. Todo el mundo sabe, por ejemplo, que la señora Piccollotti, secretaria de Ambiente, es una funcionaria desastrosa y que con muchos denominados "cuadrazos" del gobierno podría hacerse aquel buen negocio del chiste: comprarlos por lo que valen y venderlos por lo que creen que valen. Sacarlos de donde están no tendría ninguna relevancia si eso no supusiera, en el mismo acto, transformar la matriz hiperconcentrada de toma de decisiones, que pasa por Puerto Madero y con suerte concluye en Balcarce 50. "Donde manda capitán…no importa demasiado el nombre del ministro". Y aquí, es evidente, el capitán se llama Néstor Kirchner. Es el quien decide si, por ejemplo, hay que "enfriar" o "recalentar" la economía". Es él quien dispone que la negociación con el campo se esterilice, que se malgaste el período de tregua, que los ruralistas sean "acorralados". Es él, evidentemente, quien se dispone a capitanear su guerra contra el campo.
Claro está, este sistema de toma de decisiones tiene sus problemas. En cualquier momento algún fiscal – de esos que se sienten inducidos a la acción por la prensa, como los que demandaron al ruralista Alfredo De Angeli por dichos mediáticos- va a leer en los diarios que un particular toma decisiones sobre el Estado desde su oficina privada en Puerto Madero (¡y que es obedecido por los funcionarios!) y va a iniciar alguna acción jurídica.
Cuarenta días atrás, en este espacio se decía: "Es probable que, a medida que pasen los días, Néstor Kirchner se arrepienta de su abdicación, extrañe los atributos formales del gobierno, y se pregunte si, puesto que ya perdió en este turno la ocasión de ser presidente, no será interesante convertirse, al menos, en jefe de gabinete". Algunos llaman ahora a esa alternativa "putinización", aludiendo a un rumbo de análoga naturaleza que está adoptando Rusia, donde el presidente saliente se dispone a gobernar desde el cargo de jefe de gabinete o premier.
Otro nombre posible para el fenómeno es centrifugación del poder concentrador. En cualquier caso, el cambio recién empieza.

24/4/08

Ministerio de la Verdad, Secretaría del Humo




(190408, La Capital MdelP)


Es sabido que la familia Kirchner está preocupada por el papel que juegan los medios de comunicación en la Argentina. Cuando miran los diarios, oyen las emisoras de radio o se entretienen con los programas de noticias de la tevé ya no experimentan siquiera una mediana satisfacción con lo que ven y oyen.
Sucede, claro, que el periodismo refleja con bastante precisión los cambios de talante de su lectorado y éste, que durante los primeros años de administración del pater familiae acompañaba al gobierno con benevolencia, fue tomando distancia del oficialismo. La opinión pública de las grandes ciudades firmó el divorcio en las elecciones de octubre y las clases medias rurales lo hicieron en las demostraciones del campo del mes de marzo, que se iniciaron como un rechazo sectorial a las abrumadoras retenciones móviles aplicadas a la soja y el girasol y se transformaron, en su desarrollo, en un cuestionamiento al esquema económico que practica la Casa Rosada, que en esta columna designamos como "modelo confiscatorio centralista de matriz parasitaria", pues su lógica reside en succionar recursos de los sectores productivos más competitivos de todos los distritos para acumularlos en la caja central y utilizarlos desde allí en la imposición y financiamiento de obediencia política, en la distribución caprichosa y descontrolada de subsidios y en la implantación de un "capitalismo de amigos". La movilización del campo impulsó un reclamo que comienza con la necesidad de una auténtica política destinada a estimular las cadenas de valor que se apoyan en la competitividad de la agricultura y la ganadería argentinas y se extiende a la exigencia de un verdadero federalismo fiscal, que contemple los intereses de los pueblos de la Argentina interior.
La "opinión publicada" acompañó y reflejó el rotundo giro de la opinión pública y el gobierno sintió entonces que se encontraba ante un desafío mayor.
Hay que recordar que en la óptica confrontativa y conspirativa del oficialismo no hay espacio para especular sobre errores propios: los desafíos, entonces, no son consecuencia de los actos del gobierno, sino manifestaciones de una confabulación. La "oligarquía ganadera" (designación mitológica del oficialismo a los productores del campo), apoyada por "los defensores de Videla" (etiqueta kirchnerista para los sectores urbanos que se solidarizaron cacerola en mano con los campesinos) quiere voltear al gobierno y está coaligada con "la patria periodística", que "miente", puesto que no comparte "el relato" del gobierno, es decir, La Verdad.
Para la mirada de Néstor Kirchner esa confrontación no admite un empate. Es a matar o morir.
Si en su momento la conquista del aparato político bonaerense que durante años acompañó a Eduardo Duhalde fue considerada por la Casa Rosada como "la madre de todas las batallas", la actual ofensiva gubernamental por "el control del relato" (es decir, por la hegemonía de la interpretación oficial de los acontecimientos) es la segunda versión de aquella cruzada. Ahora quien se encuentra enfrente no es un jefe político como Duhalde, sino el régimen de libertad informativa y el sistema de medios que lo encarna. El gobierno centra ahora sus ataques sobre los medios más fuertes –simbolizados por el Grupo Clarín y el diario La Nación-, convencido de que, así como la conquista del aparato bonaerense disuadió hasta ahora al resto del aparato del PJ de cualquier signo de autonomía, enfrentar y arrinconar a los medios mayores operará como advertencia elocuente al conjunto.
La ofensiva oficial abarca el uso de todos los recursos de poder que el Ejecutivo ha concentrado, sin excluir entre ellos su control de un Poder Legislativo que hasta ahora se ha mostrado dispuesto a entregar dócilmente sus atributos constitucionales. Allí están las acciones del llamado Observatorio de Medios, la abrupta iniciativa de una nueva ley de prensa y televisión, las diagonales del "capitalismo de amigos" para adquirir canales de alcance nacional (como el 11), las presiones y contrapresiones que rodean el futuro sistema de televisión digital, etc.
En su pelea contra lo que sus voceros describen como confabulación, el oficialismo desarrolla un relato que embellece sus títulos y deforma a sus adversarios: un gobierno "mayoritario" empeñado en "redistribuir el ingreso" y trabajar "por los más pobres" es impugnado, embestido, "extorsionado" por una oligarquía "egoísta", "con afán desmedido de ganancia" y por medios que "no representan la libertad de prensa, sino la libertad de empresa", deforman la realidad y "discriminan".
Sin que ello implique desconocer la legalidad que lo ampara, hay que admitir que no es adecuado definir al gobierno como "mayoritario: con 8.156.000 sufragios recogidos en todo el país, la señora Cristina de Kirchner obtuvo el respaldo de un 29 por ciento del padrón electoral: 2 de cada 7 inscriptos.En cuanto a la distribución del ingreso, será mejor hablar del tema cuando se sinceren las estadísticas: falsear el aumento de precios es una manera de mentir sobre el número de pobres e indigentes.
Por otra parte, l a legalidad de origen no debería ser óbice para que el ejercicio del gobierno también cumpla con los procedimientos democráticos y republicanos. La concentración de atribuciones por parte del Ejecutivo (entre ellas, nada menos que la fijación de impuestos y la distribución de recursos por fuera del Presupuesto) no puede considerarse un ejemplo de democracia.
La tradición democrática no avala la idea de que el Estado controle a la prensa y a los ciudadanos, sino más bien la opuesta. "Un poder delegado que no tenga control y vigilancia de otros poderes y de los ciudadanos tiende naturalmente a violar el principio de su representación y a convertir esa delegación en soberanía propia" (en poder absoluto), sostenían constitucionalistas de la revolución francesa como Condorcet y Brissot.
Tanto la expresión directa de la ciudadanía como la acción de los medios de prensa forman parte de los instrumentos de vigilancia popular. La idea de que la Verdad se encarna en el relato del Poder estatal es una quimera autoritaria. ¿Se establecerá acaso un Ministerio de la Verdad? ¿Se ofrecerá esa cartera a Guillermo Moreno, el hombre que burila esa expresión quintaesenciada del "relato" oficial representada por los índices de costo de vida que emite el INDEC?
El gobierno decide pelear contra el campo y contra los medios, y culpar a los confabulados por todos los males que exhibe la realidad. Si crecen los precios (aunque el INDEC no lo registre) la culpa es del campo. Y de las mentiras de prensa que "incrementan las expectativas inflacionarias". No del crecimiento desmedido del gasto público ni de las políticas que recalientan el consumo y desalientan la inversión.
El campo resulta culpable, en el relato oficial, hasta de la larga temporada de humo que sofoca la Capital Federal y ciudades y pueblos de varias provincias. Esa interpretación, difundida por la Presidenta, su ministro de Interior y su secretaria de Medio Ambiente le permite al gobierno jugar nuevas fichas en su batalla con las organizaciones rurales y gambetear las responsabilidades oficiales en la emergencia.
Porque lo cierto, como señaló el titular del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), es que "hay fotografías aéreas e imagen satelital del 3 de abril cuando había tres focos en la zona del Delta, que no deberían haber aparecido". Se pregunta ese experto: "¿Por qué no se apagaron?". Son organismos estatales los que reciben las imágenes del satélite y los que, en principio, deben actuar. Justamente el Defensor del Pueblo, operando con loable independencia, ha iniciado una demanda contra el Estado "por inacción". Es que fueron 10 días de negligencia estatal frente a un incendio de campos que ha provocado víctimas fatales, clausura de rutas, suspensión de vuelos. Un gobierno de trato habitual con aviones y helicópteros no ha sido capaz de movilizar aparatos hidrantes para apagar el fuego o, en caso de no disponer de ellos, no ha tenido el reflejo de solicitar ayuda a países amigos. El gobierno se come los ingresos de retenciones, centraliza los recursos; pero tira los problemas sobre hombros locales: fue conmovedor ver a bomberos y voluntarios de los pueblos afectados luchar en inferioridad de condiciones frente a un incendio que constituía una emergencia regional y nacional.
Como suele ocurrir, el oficialismo empezó a reaccionar recién cuando los hechos escalaron en la atención de los medios informativos. Y su reacción consistió básicamente en echar culpas a terceros. La Justicia deberá en su momento encargarse de esclarecer el origen de los hechos: si se trató de acción irresponsable de productores, del sabotaje de piromaníacos o de una operación destinada a dañar la imagen del campo. Pero la primera tarea de los gobernantes reside en prevenir. Y si llega tarde a eso, solucionar. En cambio, lo que se escuchó decir a las autoridades (entre otros a la increíble secretaria de Medio Ambiente, Romina Piccolotti) es que no se podía hacer nada, que había que esperar a la lluvia. ¿Qué tal si designan a la señora Lluvia o al señor Viento en la secretaría de Medio Ambiente, en lugar de ella?
Nublada por el humo y las maniobras se consume, entretanto, la tregua acordada por el campo al gobierno para solucionar los problemas generados por las inconsultas retenciones móviles. Se ha dicho ya que Néstor Kirchner, convencido de que enfrente tiene a enemigos confabulados, no apuesta a empatar ni a convencer, sino a derrotar. Seguramente por eso las conversaciones no van hacia ningún destino: cualquier acuerdo es improbable cuando una de las partes lo sabotea . El gobierno subrayó esa circunstancia el viernes cuando, después de mantener varias sesiones de negociación con las organizaciones del campo, decidió dar a conocer unilateralmente y sin aviso previo medidas que están muy lejos de la solución.
La tregua se agota el 2 de mayo. Después, si el humo lo permite, viene la batalla. Quizás la madre de todas ellas.




(La Capital MdelP 050408)


LAS FISURAS DEL PODER


"Estoy tan lleno de grietas que
por todas partes me salgo".


Terencio, El Eunuco, Acto I Escena II

Desde el martes 25 de marzo, cuando –tras abandonar el reparo de El Calafate- se vio obligada a dar alguna respuesta a la movilización agraria, la presidente Cristina Kirchner no ha dejado de hablar del campo: siete discursos en diez días. Parece que la señora no soporta que interpretaciones distantes de la suya queden con la última palabra sobre el asunto y se empeña con suerte dispar en imponer su propio relato de los acontecimientos o se indigna con la prensa, a la que acusa de parcialidad. Hasta maltrató verbalmente (acusándolo de ser autor de "un mensaje mafioso") al gran dibujante uruguayo Hermenegildo Sabat –progresista para más datos- porque la pintó en Clarín con los labios cruzados por dos curitas, en lo que quizás haya sido un mensaje artístico destinado a recordarle el viejo consejo: "el silencio es salud". En fin, la señora se muestra algo desenfrenada después de las tres semanas de paro y demostraciones del campo.
Y no es para menos: el gobierno consiguió algún efecto con el acto realizado el 1 de abril en la Plaza de Mayo, pero ese resultado fue menos rutilante que el que la Casa de Gobierno esperaba (y que el que podía inferirse del cuantioso costo de la movida, que contó con miles de colectivos dispuestos por gremios, municipios y gobiernos provinciales o conseguidos merced a los buenos oficios del Secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime, el Señor Subsidio. Un público poco fervoroso cumplió con el deber de ocupar su puesto en la Plaza y prestó menguada atención al discurso de la señora de Kirchner, mientras en el caldeado palco oficial las tensiones entre funcionarios (Guillermo Moreno gesticulando el clásico Io t'amazzo a su superior formal, el joven ministro de Economía Martín Lousteau) no alcanzaban a disimular la ausencia de muchísimos intendentes, algunos gobernadores, varias organizaciones gremiales y numerosos aliados.
La erosión provocada al oficialismo por su confrontación con el campo se suma a la que le ocasiona la creciente inflación, el impulso hacia arriba del conjunto de los precios y, especialmente, los de la canasta alimentaria. El gobierno ya había resentido su vínculo con las clases medias en un proceso que se aceleró a partir del plebiscito misionero de fines de 2006 en que cayó la utopía del reeleccionismo perpetuo en la que hacía punta el kirchnerista Carlos Rovira. Las elecciones presidenciales de 2007 decretaron la derrota del oficialismo en la mayoría de las grandes ciudades del país, nueva evidencia del alejamiento de las clases medias urbanas que, si hacía falta otra prueba, desempolvaron las cacerolas nuevamente para exhibir su apoyo al campo y su rechazo del gobierno.
Empezó así a tejerse una urdimbre de solidaridades entre campo y ciudad, clases medias urbanas y rurales que ya empieza a reflejarse en la caída de imagen de la señora de Kirchner en las encuestas de opinión pública. Seis de cada diez argentinos respaldaron al campo, censuraron la actitud confrontativa del gobierno y cuestionaron los discursos presidenciales sobre el tema. El 2 de abril, la convocatoria del campo superó en potencia el acto oficialista: mostró unidad, solidaridad, organización. Desplegó un programa y un tono de unidad nacional.
En pleno conflicto, mientras Néstor Kirchner soñaba en Puerto Madero con imponer el estado de sitio para sacar a los campesinos de las rutas y Aníbal Fernández verbalizaba su irrealizado deseo de expulsarlos con las fuerzas de seguridad, lo que pasaba alrededor de las asambleas campesinas corría en otra dirección: gendarmes y prefectos, lejos de dedicarse a desbaratar las medidas de fuerza de los productores o enfrentarse con ellos, actuaban con prudencia y contribuían a que los bloqueos decididos por las asambleas se llevaran a cabo en orden y pacíficamente. En las rutas, el poder fáctico del gobierno se había evaporado.
Por algún motivo que deberá explicarse, en las ciudades (particularmente en la Capital), mientras la policía permanecía quieta y a distancia de los acontecimientos, el oficialismo optó por convocar a Luis D'Elía y sus mujaidines para recuperar por momentos el control de las calles. Hasta hace algún tiempo el gobierno mantenía, con esos mismos sujetos, un control monopólico del espacio público; hoy, ese monopolio luce agrietado.
El ahuecamiento progresivo del poder gubernamental tiende a extenderse bajo la forma de tensiones internas de la administración, crecientes desobediencias y disidencias en los aparatos políticos afines y manifestaciones de mayor independencia en sectores que hasta hace poco optaban por el silencio y la disciplina. Los síntomas de ingobernabilidad se acrecientan.
Que esos rasgos se presenten en un país que viene creciendo a más del 8 por ciento anual en los últimos cinco años y que sigue beneficiándose con el viento de cola que le proporciona la economía internacional desmiente la sabiduría convencional que vaticinaba largos años de reinado kirchnerista determinados y sostenidos por los buenos precios de la soja. La crisis política se presenta independientemente de las condiciones favorables de la economía. El divorcio entre los Kirchner y la opinión pública urbana y rural es la fuente de ingobernabilidad.
Esa situación política realimenta un rasgo que el gobierno ya venía acentuando: el aislamiento internacional. La señora de Kirchner, en sus discursos destinados a defender la política confiscatoria de las retenciones móviles, sostiene como ideal el "desacople" entre precios internos y precios internacionales, una lógica que, más allá de que sea parcialmente sostenible en tiempos de vacas gordas con subsidios y compensaciones, revela el "modelo ideal" del gobierno: una economía amurallada que se mueve sin vínculos con la economía mundial. Ese puede ser el programa ideal de sectores que se sienten condenados por la competencia internacional, pero no puede ser el norte de sectores avanzados y coimpetitivos ni de una sociedad que cuenta con los recursos de Argentina para afrontar esta nueva oportunidad histórica que el mercado mundial le ofrece para crecer.
Mientras la movilización del campo supone una política de apertura al mundo, de eliminación de las restricciones a la exportación, en paralelo con un fortalecimiento de la Argentina interior a través de una redistribución territorial del ingreso (coparticipación de todos los tributos, federalismo fiscal), el programa del oficialismo es el de la succión centralista, las regulaciones burocráticas y el aislamiento.
Hace cuatro meses, en esta columna señalábamos: "Lo que se está cocinando en los calderos kirchneristas es un incremento del centralismo, el estatismo y la discrecionalidad. El viernes 30 de noviembre, al presidir un nuevo gesto de control de precios impulsado por Guillermo Moreno, la señora de Kirchner aseveró que el mercado no asigna bien los recursos. Se nos había dicho durante mucho tiempo –dijo- que el mercado todo lo solucionaba,que podía asignar recursos de acuerdo a eficiencia y eficacia y todos sabemos que esto no es así. La frase explicita el sentido de una práctica: el gobierno considera natural y razonable que los niveles de ganancia de las empresas se fijen desde el poder, al que se asigna la atribución de decidir en qué casos son legítimas y cuándo excesivas. A través de imposiciones como las retenciones recorta utilidades y aplica políticas confiscatorias. Como las retenciones no se coparticipan, incrementan la capacidad del poder central para presionar sobre provincias y municipios."
El gobierno K no confía en el mercado, no confía en el mundo, no confía en las provincias y los municipios. No confía en los productores. Tampoco confía en los poderes institucionales, ni en el Congreso, ni en leyes -como la de Presupuesto- que obstaculicen el superpoder de la discrecionalidad.
Sucede, ay, que la desconfianza es recíproca. Y el poder se ahueca y se fisura.
La gobernabilidad se evade por las grietas del poder.






(La Capital MdelP 290308)

NO HAY PEOR SORDO

 





Desde que reemplazó a su esposo en el despacho principal de la Casa Rosada, Cristina de Kirchner había transitado casi imperceptiblemente por las veredas del poder. La dama parecía tomarse su tiempo para asumir a pleno las responsabilidades presidenciales: descansaba en la intervención de su cónyuge en cuestiones de importancia, se encargaba personalmente de asuntos sin aristas controversiales (el plan para utilizar válvulas electricas de bajo consumo, por caso), pasaba poco tiempo en Balcarce 50, fuera porque se refugiaba en la residencia de Olivos o porque la entretenían las vacaciones, los viajes y las temporadas en El Calafate.
Al iniciarse marzo, cuando tuvo que inaugurar las sesiones del Congreso, se comentó en esta columna: "La señora volvió a sacar buena nota en la bolilla de oratoria. Las pruebas de presidencialidad, con todo, incluyen otros temas que ella aún no afronta. Dicen que en marzo ocurrirán definiciones. Marzo –un mes de exámenes- recién empieza".
En efecto, antes de que concluyera el mes la señora debió atravesar pruebas de mayor dificultad. Una medida recaudatoria lanzada por el Poder Ejecutivo (el incremento del porcentaje de retención a las exportaciones de soja y el establecimiento de un mecanismo de virtual congelamiento de precios) desató la vigorosa respuesta de la familia agropecuaria, que se lanzó al paro de actividades y se congregó en asambleas espontáneas a la vera de las rutas de centenares de pueblos de todo el país.
La conmovedora movilización del campo no fue contemplada con sensibilidad por la presidente Kirchner, que se encerró en una respuesta dura, lanzó a sus funcionarios a maltratar verbalmente a los hombres y mujeres del sector rural y alentó la respuesta paraestatal del sindicato de Hugo Moyano, primero, y de los piqueteros de Luis D'Elía más tarde.
Aunque su cónyuge siguiera moviendo hilos desde sus oficinas de Puerto Madero, el paro agrario le otorgaba centralidad a la investidura presidencial: los ojos del país y las lentes de las cámaras de tevé se centraron en la señora de Kirchner cuando el martes 25 ocupó el atril de la Casa Rosada. En todas las asambleas agrarias dispersas en el territorio se habilitaron altavoces para escuchar su palabra. La gran mayoría del país tenía la esperanza de escuchar un mensaje destinado a serenar los espíritus y abrir una puerta al diálogo constructivo. Pero eso no ocurrió. Para referirse a los hombres y mujeres de campo que la estaban escuchando (y que, a su vez, eran observados en las ciudades a través de los televisores) la señora empleó un lenguaje más impiadoso que el que Margaret Thatcher había usado en los 80 para embestir contra los mineros de Cardiff. Y lo acompañó con un tono arrogante. Aunque proclamó en ese discurso que ella se sentía "presidente de todos los argentinos", forma y contenido revelaban que no hablaba por todos ni para todos, sino por y para una facción.
La simpatía por la causa del campo se volvió activa en muchas ciudades, donde volvieron a sonar las cacerolas del año 2001. El divorcio entre el gobierno y las clases medias urbanas ya se había manifestado en los comicios de octubre; ahora la separación se ensanchaba en respuesta a una injusticia evidente: ¿quién podía admitir que la señora de Kirchner llamara oligarcas a esos campesinos que vivaqueaban junto a las rutas, a esos trabajadores rurales que podían ser vistos y oídos por TV?
No faltaba demasiado para que el divorcio del gobierno con la opinión pública de las ciudades se ampliara aún más: sólo tenían que entrar en acción Luis D'Elía y sus brigadas piqueteros, lanzados a la violencia en la Plaza de Mayo y rápidamente apañados desde la Casa Rosada. Esos pasos se consumaron entre el 25 y el 27 de marzo.

Redistribución de la renta

El reclamo del campo, que empezó como respuesta al incremento de las retenciones, excede, en rigor, ese punto. La señora de Kirchner tiene razón cuando considera que el paro apunta contra "el modelo económico" kirchnerista. La presidenta trata de embellecer la naturaleza del golpe impositivo contra el campo alegando que se trata de una medida "para redistribuir el ingreso". Un asalto callejero también es una forma de redistribuir ingresos, pero no la más recomendable para la convivencia civilizada.
El modelo que sostiene la presidente podría ser bautizado "modelo confiscatorio centralista de matriz parasitaria", pues su lógica reside en succionar recursos de los sectores productivos más competitivos de todos los distritos para acumularlos en la caja central y utilizarlos desde allí en la imposición y financiamiento de obediencia política, en la distribución caprichosa y descontrolada de subsidios y en la implantación de un "capitalismo de amigos". Ese es el tipo de redistribución que el "modelo oficial" promueve.
En su desarrollo, las asambleas agrarias fueron bosquejando los rasgos de su propio programa de redistribución: un programa de redistribución del ingreso de base territorial.
Muchas provincias argentinas exhiben un ingreso per capita análogo al de países del Africa subsahariana. Santiago del Estero, una de las provincias más activas en el paro agrario, tiene un PBI por persona de menos de 1.800 dólares, equiparable a la República Popular del Congo. Chaco, Formosa, Jujuy, Tucumán, Corrientes o Misiones, con algo más de 2.000 dólares por persona, se encuentran al nivel de Swazilandia o Cabo Verde. El ingreso medio argentino es de unos 5.000 dólares per capita; por encima de la media se ubican la mayoría de las provincias del Sur (en particular las que gozan de renta petrolera) y la Capital Federal.
A su vez, al interior de las provincias se producen también cuadros de fuertes disparidades entre zonas y municipios, porque en general dentro de cada una de ellas impera un centralismo análogo al que el Estado Nacional les impone a los distritos. En esta columna citábamos una semana atrás a un productor de 9 de Julio, provincia de Buenos Aiures: "Estas retenciones sacan de este pueblo 270 millones de dólares que se van para el Gobierno Nacional, mientras que el total del presupuesto de todo el Gobierno local de 9 de Julio son 12 millones de dólares"
La pelea de los productores rurales contra el régimen de retenciones genera para provincias y municipios la oportunidad de reclamar como derecho lo que se les da (o, más bien: se les mezquina) como limosna. Y ofrece al país la oportunidad de perfeccionar y equilibrar su sistema institucional, vinculando impuestos y gastos a la representación y al control social y jurisdiccional.
Un estudio reciente de la Fundación Mediterránea corrobora que "la transferencia de ingresos que se realiza desde el interior hacia el gobierno central es extremadamente significativa" y apunta casos como el de Chaco o el de Santiago del Estero "que son provincias que muestran desfavorables indicadores en materia de desarrollo económico y humano, y sin embargo son de las regiones que más derechos de exportación generan por cada uno de los habitantes que cada una tiene". Santiago transfiere a la caja central por ese concepto 435 dólares por habitante, Chaco, 351 dólares; Entre Ríos, 630; La Pampa, 670; Santa Fé, 675; Córdoba, 765.
La revuelta agraria recupera la bandera histórica del federalismo en las condiciones de la época. Embrionariamente, al oponerse con vigor a la exacción centralista y reclamar que los impuestos que hoy vuelan al Tesoro presidencial queden en los municipios y en las provincias, genera las bases del reflorecimiento del interior, la revitalización de los pueblos, la descentralización de las inversiones, las obras, las oportunidades de trabajo y el bienestar. Si bien se mira, ese es el envión indispensable para la revolución demográfica que la Argentina necesita, para resolver creativamente el hacinamiento y la miseria de las megalópolis, ocupar e integrar equilibradamente todo su inmenso territorio y sostener esa gran tarea con los réditos de su trabajo y su competitividad internacional.
Así, el movimiento del campo encierra embrionariamente un verdadero programa de redistribución del ingreso y un modelo de crecimiento e integración, frente al modelo oficial, confiscatorio centralista de matriz parasitaria.

Diálogo y sordera

Después del discurso del martes 25 (que la siempre ponderada intelectual progresista Beatriz Sarlo caracterizó como "provocación") y después de las acciones de los mazorqueros de Luis D'Elía, el gobierno palpó su creciente aislamiento.
Lo notó, en principio, en las filas próximas, donde hasta hace poco reinaba la obediencia debida y, de pronto, empezaban a producirse desalineamientos: intendentes y concejales oficialistas que se pronunciaban a favor de las reivindicaciones campesinas; senadores hasta ayer íntimos del poder como el Carlos Reutemann o el cordobés Urquía, hacían lo propio y recogían en el Congreso murmullos de solidaridad que preanuncian futuras desobediencias. La Iglesia, gobernadores, grandes agrupamientos empresarios reclamaban una actitud sensata, un llamado al diálogo "sin condicionamientos previos". El gobernador bonaerense, Daniel Scioli, tan pronto regresó de una gira oficial por Brasil puso manos a la obra para construir puentes de convergencia.
La señora tuvo su segunda oportunidad el jueves 27. Eligió un escenario faccioso para hablar del tema. Tan ladeado, que a sus espaldas, en el palco de personalidades, se encontraba D'Elía, de quien, cual si de asesor literario se tratara, tomó en préstamo varias expresiones, no precisamente bien temperadas. La señora de Kirchner reconoció esa noche, en Parque Norte, que le cuesta gobernar, que se le hace difícil. Se lo atribuyó a cuestiones de género, pero es posible que haya errado en el diagnóstico. Agredió a los caceroleros porteños, insinuando con poco disimulo que se trataba de "defensores de Videla", nada menos. Sin embargo, es muy posible que muchos de ellos –como en el caso de los campesinos de las rutas- hayan sido votantes de ella o de su marido. En cualquier caso, se trataba de miles de ciudadanos –muchas mujeres, muchos jóvenes, desmintiendo quizás la idea de que la juventud se desinteresan de la cosa pública- que estaban reclamando en plazas del país un cambio de actitud; no pedían un golpe de estado: reclamaban diálogo, concordia, convergencia.
La señora pareció necesitar el extenso excipiente de casi una hora de agravios y juicios agresivos, para poder vocalizar al fin de su arenga una invitación a los ruralistas. No una invitación al diálogo sin condiciones que le pedían amplios sectores de la sociedad, sino una invitación a condición de que el campo levantara el paro.
Pese a la desconfianza sembrada por tantas agresiones, pese a la presión que llegaba desde las banquinas, las cuatro organizaciones mayores del agro levantaron el paro, aunque mantuvieron (no fue una decisión, fue la aceptación de un hecho incontrastable) el estado de asamblea. Y el viernes 28 se hicieron presentes en la Casa de Gobierno.
La invitante sólo pasó para saludar, dejó en la reunión a sus representantes (el jefe de gabinete, su pupilo, el joven Martín Lousteau, y su adversario, el secretario de Comercio Guillermo Moreno) y se fue, reservándose el derecho de veto.
En la reunión quedó la impresión de que los representantes oficiales sólo habían convocado a una reunión de entretenimiento: no tenían ofertas para hacer, pero tenían mandato para rechazar. El campo no reclamó el fin de las retenciones, ni siquiera la anulación de los aumentos: sólo pidió la suspensión temporaria de esos incrementos; retrotraer la situación al minuto antes de la explosión del conflicto y darse un período para reencauzar el tema. Es decir: el procedimiento habitual en los casos de conciliación. La presidenta no quiso ni oir hablar de una suspensión: ni por tres meses, ni por un mes, ni por un día. Lógica consecuencia: el campo retomó el paro.
La última semana albergó la amenaza del ministro de seguridad (no cumplida, probablemente imposible de cumplir) de "despejar las rutas" con la Gendarmería o la Prefectura. Ahora se rumorea que el ex presidente Kirchner analiza la posibilidad de que se decrete el estado de sitio. ¿Se dedicará el kirchnerismo a la práctica del bumerán?
En la misma semana en que el gobierno malgastaba dos oportunidades de encauzar el conflicto con el campo (es decir con el sector de la economía nacional que más invierte, más aporta y que da más trabajo) en algunos puntos del conurbano bonaerense y en suburbios de ciudades del interior se producían algunos saqueos y amagos de saqueo. No es imposible que se trate de destellos de otro aspecto de la realidad que el gobierno no atina a enfocar adecuadamente: la inflación creciente, particularmente la de la canasta alimentaria, la que más afecta a los sectores socialmente más vulnerables.
Ni la inflación se detiene con las brigadas de inspectores o las estadísticas inventadas de Moreno ni las causas sociales se defienden con los métodos de D'Elía o las movilizaciones camioneras de Moyano.
El país necesita sensatez, redistrubución territorial del ingreso, paz, instituciones. Necesita gobernabilidad, un estado capaz de mantener el monopolio institucional de la fuerza, no uno que cobije violencia paraestatal. Hay que aprender en serio de la historia.
No agreguen acción directa, que de eso ya hay de sobra.





(La Capital MdelP 220308)

LAS CONSECUENCIAS DE LA CONFRONTACION

 





"Actúan como patrones de estancia": la frase la gatilló el dirigente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi; y el blanco del disparo fue el gobierno. En el durísimo enfrentamiento con el oficialismo al que se han visto empujados, los hombres del campo se muestran dispuestos a dar batalla tanto en el territorio como en el discurso, y parecen decididos a combatir la propaganda oficial, devolviendo a la Casa Rosada los clichés que este emplea con la intención de aislar la gran movilización de los productores.
Al incrementar fuertemente las retenciones sobre la soja y establecer un mecanismo de virtual congelamiento de precios, el gobierno nacional estimuló (en su contra) la siempre ardua convergencia de criterios entre las cuatro organizaciones mayores de los productores y, más aún, incentivó el activismo espontáneo de miles de familias campesinas, que superaron a las propias organizaciones y se lanzaron a cortar rutas y caminos en el noroeste y el nordeste, en Cuyo, en la zona Centro, en el Litoral y en el Sur.
El gobierno, como suele hacerlo, se parapetó tras una respuesta dura. Pero la terca repetición de gestos intransigentes y palabras que "son nafta en un incendio" (según las describen los retobados en cada una de los centenares de asambleas del campo que se desarrollan en todo el país) no consigue disimular la perplejidad oficial. El jefe de gabinete –el valido Alberto Fernández- y su protegido, el joven Martín Lousteau, a cargo de la cartera económica, se ocupan de chucear por los medios a los campesinos rebeldes mientras la familia Kirchner (la presidente y su influyente cónyuge) se toma un respiro en Calafate, a buena distancia de las protestas más ardorosas, analizando cómo escapar del laberinto que el propio gobierno erigió a su alrededor.
El primer reflejo oficial consistió en cederle la vanguardia de la respuesta al paro a las organizaciones piqueteras oficialistas. Luis D'Elía y Humberto Tumini saltaron de inmediato al ruedo, como para demostrar que ellos no vacilan en hacer su aporte, a diferencia del PJ que, recién apilado por el oficialismo en un expeditivo congreso, sólo emitió un profundo silencio.
Preocupado por la extensión y vigor de la resistencia campesina, Néstor Kirchner impulsó desde Santa Cruz declaraciones contra el paro agrario de funcionarios y gobernadores adictos. Hablaron el inefable Carlos Kunkel y unos pocos miembros más del Partido del Estado Central, así como un puñadito de gobernadores entre los que no se oyó ni al de Córdoba ni al de la provincia de Buenos Aires. En rigor, ya a mediados de semana se conocían declaraciones de intendentes y cuerpos de concejales bonaerenses, cordobeses, santafesinos y entrerrianos del mismísimo Frente por la Victoria en las que se solidarizaban con la movilización agraria. Si el gobierno pretendía aislar al campo, lo que estaba ocurriendo era lo inverso: la reivindicación de los chacareros y los productores agropecuarios empezaba a neutralizar las fuerzas oficialistas y conseguía fuertes simpatías en las ciudades, donde reina una opinión pública que ha tomado distancia del oficialismo y se siente acosada por la disparada de la inflación.
En pleno viernes santo, desde el alto comando patagónico se reclamó acción a un hombre de confianza: Hugo Moyano. El dirigente camionero aseguró que dispondría de inmediato que su gremio enfrentara los piquetes rurales. Su hijo Pablo, por su parte, sostuvo que el gremio de los camioneros se encargaría "de asegurar el libre tránsito en las rutas".
Habrá que ver cuánta obediencia consiguen los Moyano de su organización para encarar una guerra de esa naturaleza (de hecho, el gremio está sacudido por luchas intestinas que han cobrado varias víctimas fatales, incluyendo el asesinato por encargo del tesorero del sindicato). Pero, en cualquier caso, la intención de enfrentar la movilización agraria con grupos de piqueteros o gremialistas adictos o la idea de que los Moyano se encarguen de "garantizar el libre tránsito" no hacen sino destacar un punto extremadamente vulnerable del gobierno: su imposibilidad de garantizar el monopolio estatal del uso de la fuerza y su bendición implícita o explícita a sectores que privatizan esa esencial jurisdicción pública. Esa circunstancia hasta ahora se había manifestado con reiteración aunque en dosis homeopáticas, pero probablemente en estos días quede a la vista de modo notorio e incontrastable. El oficialismo no mide las consecuencias de sus propios actos.
Las cuatro organizaciones mayores del campo advirtieron el viernes que "luego de cada declaración agraviante que realiza alguno de los funcionarios se suman nuevos productores a las rutas, con más bronca, en esta verdadera rebelión que está protagonizando todo el interior del país" y exhortaron al gobierno a "abandonar su actitud y evitar que este justo reclamo agropecuario derive en un dramático enfrentamiento entre argentinos".
Desde el gobierno se dejó trascender que la señora de Kirchner anunciaría el martes, al regresar de Calafate, el cierre de las exportaciones de carne.
La irritación atraviesa a todos los sectores de la producción agropecuaria, pero es particularmente notoria en los ganaderos y agricultores medianos y pequeños, a quienes la succión fiscal del gobierno central empuja al borde de la crisis. El gobierno nacional insiste en pintar el paro del campo como un cortejo de ricachones y rentistas empujado por el egoísmo y la insensibilidad. Esa es una descripción interesada, parcial y deformante. Un trabajo publicado en estos días por el sitio especializado El rural.com analiza cómo se distribuye la torta de casi 40.000 millones de dólares que es el valor de la producción nacional de los cuatro granos más significativos (trigo, maíz, girasol, soja). Según ese estudio, un 39 por ciento de ese valor es absorbido por los costos de producción y comercialización (sin contar el capital tierra) y otro 39 por ciento lo absorbe el Estado a través de los derechos de exportación. A los productores les queda, así, un 22 por ciento que se reduce al 3 por ciento una vez que se incorpora al cálculo el costo del capital tierra. En rigor, el gran rentista es el Estado central, ya que el impuesto por retenciones no se coparticipa con las provincias.
La movilización del campo no sólo está reivindicando derechos de los productores frente a una carga impositiva confiscatoria; también está poniendo sobre la mesa el reclamo de una distribución justa de los recursos impositivos, que, en manos del gobierno nacional, no retornan en obras y servicios a los pueblos y comunidades que los generan. "Nos quieren robar nuestro estilo de vida –protestó un productor de 9 de Julio ante el director del diario Perfil, Jorge Fontevecchia-; estamos cansado de que tengamos que ir a la Capital para atendernos en un hospital o nuestros hijos tengan que irse allí para estudiar. ¿Por qué? Nos sacan los ingresos que debe manejar nuestro municipio; a 9 de Julio estas retenciones le sacan 270 millones de dólares que se van para el Gobierno Nacional, mientras que el total del presupuesto de todo el Gobierno local de 9 de Julio son 12 millones de dólares". El campo espera que los políticos locales –en municipios y provincias- se sientan apalancados por la protesta para reclamar mejoras en la coparticipación. Entre los gobiernos provinciales, el de Santa Fé – que cuenta en su seno con la aguerrida María del Carmen Alarcón, un puntal en la reivindicación agraria- es el que se ha mostrado próximo y solidario con el campo y el que formula más explícitamente reclamos por los impuestos que succiona la caja central. 




El kirchnerismo responde a la crisis repitiendo, como acto reflejo, comportamientos que en otros momentos le dieron buenos resultados: confronta abiertamente con quienes impugnan su medida y aprieta el lazo en sus propias filas, reclamando lealtad y espíritu de lucha. Ocurre, sin embargo, que el contexto ha cambiado: en principio, hoy confronta con un sector económicamente estratégico y conciente de su importancia y con una movilización extendida en todo el país. Lo hace, además, en el marco de una inflación creciente que agrava la debilidad del oficialismo ante la opinión pública de las grandes ciudades, donde también se cuestiona la gestión deficiente y la prepotencia escasamente republicana. Por otra parte, un fragmento nada despreciable de su propia estructura política se muestra renuente a enfrentar la protesta o adhiere a ella con palabras o con silencios.
Como paisaje de fondo, muchos sectores que durante los 57 meses de administración Kirchner debieron soportar en soledad el maltrato oficialista observan el espectáculo y se preparan a comprobar si, con el cambio de escenario, ahora le toca al gobierno recibir de su propia medicina.






(La Capital MdelP 150308)

EL PODER PRODUCE CANAS (¿QUÉ DECIR DE SU PÉRDIDA?)


 




Cuando Felipe González, a la cabeza del socialismo español, encaró sus primeros desafíos electorales en la era postfranquista, sus asesores de imagen lo convencieron de teñirse canas en las sienes para neutralizar algo su aspecto extremadamente juvenil de entonces.
En la Argentina –aun en esta Argentina largamente bendecida por los altos precios internacionales de sus productos- las canas las pinta espontáneamente la realidad y, en todo caso, las tinturas y afeites son requeridos, al revés, para esconder estragos y achaques verdaderos. Obsérvense, por caso, las hondas ojeras que enmarcan la mirada del jefe de gabinete, Alberto Fernández, y el tono ceniciento adquirido por su cabellera: todo fue conseguido en cumplimiento de su misión: su pelo lucía renegrida antes de conseguirse oficinas en la Casa Rosada. Si no cambia de oficio en tiempo prudencial no sería raro que el proceso se acelere y agrave incluso la dispepsia que lo obliga a dieta estricta y pastillas digestivas. Es que, desde diciembre y en virtud del llamado doble comando (el poder repartido entre ambos miembros del matrimonio Kirchner), Fernández tiene que atender dos teléfonos diferentes, que a menudo disponen rumbos contradictorios o argumentan con razones enfrentadas y que lo obligan a operar ya como bisagra articuladora, ya como mediador, ya como solucionador de conflictos.
Escolta y traductor de Néstor Kirchner durante un período extendido, esos cuatro años y pico, con todas las dificultades que implicaron y con los reveses políticos personales que le depararon (licenciatario del oficialismo en la Capital siempre derrotado electoralmente, protector principal de Aníbal Ibarra a quien no pudo salvar de la destitución, etc.) tuvieron al menos la tranquilidad de que sólo debía servir a un señor. La formal entronización de la Señora de Kirchner en la presidencia de la Nación y el paralelo poder del Cónyuge, ejercido desde Puerto Madero, complicaron la tarea.
Durante la campaña, Alberto Fernández desarrolló una interpretación propia del galimatías que funcionó como consigna central de la Señora: esa que prometía cambio, pero aseguraba continuismo. El jefe de gabinete aspiraba a una segunda etapa kirchnerista en la que –merced al estilo más prolijo y el discurso más, digamos, racional atribuido a la Señora- se cerraran las brechas abiertas con las clases medias urbanas (un cráter que, entre otras cosas, le impide a Fernández hacer pie político firme en la ciudad de Buenos Aires). El cambio debía traducirse en alejar algunas caras con mala imagen pública (la mayoría pertenecientes a adversarios personales o competidores del propio Fernández), mejorar un poco las relaciones con algunos medios informativos estratégicos y corregir el aislamiento internacional, adoptando posiciones más moderadas, menos estentóreas.
Muy rápidamente pudo observarse que, aun suponiendo que la Casa Rosada hubiera comprado esa interpretación de la línea a seguir, las oficinas de Puerto Madero tenían otra idea. Las "caras extrañas" que el kirchnerismo prolijo quería apartar fueron reaseguradas en sus cargos. La aspereza del discurso se mantuvo. Los temas emblemáticos (por ejemplo: la obstinada defensa pública de las fantasías que dibuja el INDEC de Guillermo Moreno) fueron sostenidos con renovado vigor. Y el caso de la valija con petrodólares tiró al diablo toda intención moderadora en el terreno internacional. La Casa Rosada atacócon virulencia la independencia de la justicia de Estados Unidos y se ató a Hugo Chávez; Néstor Kirchner viajó a sumarse al circo (para peor, frustrado) armado por el jefazo venezolano con la excusa de que la narcoguerrilla colombiana se volvería "humanitaria" y liberaría rehenes para su mayor gloria. Pialado en ese lazo bolivariano, el kirchnerismo tomó distancia del gobierno democrático colombiano agredido por la narcoguerrilla y acompañó tácitamente el reclamo de Chávez de que dejara de considerarse a las FARC un grupo terrorista y se les concediera el status de parte beligerante, igualada jurídicamente de ese modo al Estado colombiano.
Al comentar esa situación, decíamos en enero en esta columna: "El planteo de Chávez, formulado ante el Congreso de su país, otorga una altísima jerarquía institucional al más abierto y grave desafío que se haya lanzado en América Latina a un principio básico del orden jurídico no sólo continental, sino universal: el principio de no intervención en los asuntos internos de otros países. El presidente venezolano deberá asumir la responsabilidad de dinamitar ese importante principio y abrir la puerta a otras potenciales intervenciones en el continente.
Tanto la OEA como la Organización de Naciones Unidas tienen desarrollada una jurisprudencia sobre este asunto: "Todos los estados deberán abstenerse de organizar, apoyar, fomentar, financiar, instigar o tolerar actividades armadas, subversivas o terroristas encaminadas a cambiar por la violencia el régimen de otro estado y de intervenir en las luchas internas de otro estado".
Enredado en aquel episodio, el gobierno argentino reaccionó mal cuando, dos semanas atrás, Colombia eliminó un destacamento narcoguerrillero que operaba desde Ecuador al mando del número 2 de las FARC. Ciertamente, en esa emergencia las fuerzas colombianas ingresaron en territorio ecuatoriano, por lo que pidieron disculpas a Ecuador y a la comunidad de estados americanos. Pero hacía rato que estaba claro que la narcoguerrilla opera con el apoyo chavista y que en ese conflicto la intervención en asuntos internos de otros Estados había comenzado desde Caracas. La Casa Rosada adoptó a priori una postura de condena a Colombia y de silencio frente a los movimientos chapistas. La OEA, orientada hacia un punto de vista equilibrado por Brasil, Chile y México, defendió el principio de no intervención y la intangibilidad del territorio de los estados, no condenó a Colombia y se orienta ahora a emitir una declaración condenatoria de la protección a las actividades terroristas y de la agresión del narcotráfico. Chile y Brasil, con sendos presidentes surgidos de importantes fuerzas de izquierda locales, impulsan a la región hacia posturas razonables y equilibradas. El oficialismo argentino deberá elegir entre acompañar a los aliados regionales naturales de Argentina o mantenerse adherido a sus vínculos con el chavismo. En cualquier caso, la opción que se adopte seguramente tendrá repercusiones sobre otros debates que se procesan en reserva (pero muchas veces a los gritos) en el seno del poder.
Fernández quiso reorientar el diálogo con Estados Unidos, conversó discretamente con el embajador Wayne, negoció una visita de Néstor Kirchner a un foro americano de lobbistas, estimuló una visita de la Señora a Londres (para asistir a un acto colateral al congreso del Partido Laborista) y consiguió (a través de dos embajadores: el francés en Buenos Aires y el argentino ante Francia: el hombre de Peugeot, Luis Ureta Sáenz Peña) que Cristina de Kirchner almuerce en París con el presidente Nicolás Sarkozy. De paso, el jefe de gabinete introdujo una cuña en la Cancillería, reencuadró el CONFER poniéndolo bajo su férula y preparándolo para reemplazar a su actual titular por un hombre más cercano a su corazón. Pronto afirmará alianzas propias en la órbita de la Secretaría de Cultura.
Como se ve, los esfuerzos de Fernández le encanecen la cabellera pero por el momento le permiten ganar en influencia, pivoteando sobre el doble comando kirchnerista.
Hemos aventurado en su momento que, en las condiciones del doble comando y la formal presidencia de la Señora, el jefe de gabinete tiende a encarnar la figura que en la España del siglo XVII se denominaba valido (personaje de confianza del soberano que asumía la conducción de los asuntos cotidianos, coordinaba los aparatos burocráticos, asumía múltiples funciones y prerrogativas y, naturalmente, incrementaban su propio poder). Esa condición lo empuja a tratar de orientar aspectos estratégicos del gobierno. Parece obvio que uno de las que más preocupan es la política con la que el kirchnerismo ha pretendido (sin éxito) combatir la inflación. Ese dispositivo suele ser adjudicada al secretario de Comercio, Guillermo Moreno. Pero no en vano Néstor Kirchner bautizó a ese funcionario con el nombre de Lassie, por aquel célebre perro cinematográfico que se caracterizaba por la extremada lealtad a su amo y por su permanente intención de servirlo a través de las vías más inesperadas. Está claro que Moreno es un instrumento del pensamiento de Néstor Kirchner y, por ende, que el fracaso de la política antiinflacionario es un fracaso del ex presidente. Los llamados "acuerdos de precios" y las presiones sobre sectores productivos para conseguir que el costo de vida no subra sólo funcionan en los manipulados registros del gobierno. Lo que en verdad consigue esa política es trabar las soluciones de fondo, que pasan por el estímulo a la inversión.
En este terreno, el valido Fernández se empeñó en recortar y emprolijar la política de Kirchner-Moreno impulsando al joven ministro de Economía, Martín Lousteau. No ha tenido suerte. Lousteau es probablemente más fotogénico que Moreno, pero el secretario exhibe más empuje y aunque no tiene éxito, sostiene contra viento y marea su método. La defensa que el ministro ha hecho estos días de las retenciones, demuestra que las diferencias entre ambos no son sustanciales, pasan a lo sumo por la imagen. Ambos coinciden en el fuerte dirigismo estatal y en un centralismo fiscal que los productores estiman confiscatorio.
Ese método está produciendo en estos días consecuencias pesadas, con el amplísimo paro agropecuario, que muestra gran representatividad y convocatoria y que ha conseguido (en Córdoba capital, por ejemplo, donde se manifestó con una manifestación de tractores y otras máquinas) un significativo apoyo de sectores urbanos.
La lógica del "modelo económico" sostenido por el gobierno, del cual los controles y manipulaciones a los que da rostro Moreno son expresiones necesarias, está derivando en alta inflación, baja inversión, desabastecimiento o escasez (combustibles, energía), intervencionismo creciente del estado central.
Y el sistema de poder que muestra el gobierno estimula la fuga de energía política. El jefe de los ministros puede ensanchar su influencia en la burocracia (una influencia que, de todos modos, es contestada por otros altísimos funcionarios), pero cuando la Argentina mira en busca del poder, dirige la vista a quien ostenta la jefatura del Estado. Esa figura –la Señora- es la que hoy luce restringida, por el peso (informal pero efectivo) de su cónyuge. Una ironía de la situación: ella envidia el peso, su esposo probablemente envidie la formalidad. En rigor, el conjunto del dispositivo está más débil: pese al operativo clamor con el que gobernadores, intendentes y altos funcionarios del PJ reclamaron a Néstor Kirchner que ocupe la presidencia del PJ, cada día el ex presidente debe soportar más reclamos de transparencia: hoy padece dos pedidos de investigación en tribunales de dos distritos; y ahora -o por- ahora sin fueros. Se le reclama que aclare cómo incrementó varias veces su patrimonio mientras ejercía la primera magistratura y qué hizo con los centenares de millones de dólares que sacó de la Argentina cuando gobernaba Santa Cruz. Hasta el gobernador de su provincia se anima ahora a discrepar públicamente con Kirchner.
Si a algunos el poder les produce canas, quizás a otros lo que se las genere sea la limitación para ejercerlo sin disimulos, sin obstáculos. Es probable que, a medida que pasen los días, Néstor Kirchner se arrepienta de su abdicación, extrañe los atributos formales del gobierno, y se pregunte a veces si, puesto que ya perdió en este turno la ocasión de ser presidente, no será interesante convertirse, al menos, en jefe de gabinete.



(La Capital MdelP 010308)



MAL DE MUCHOS

 





Dios distribuye los dones con criterio inescrutable. La señora de Kirchner, por caso, fue dotada de una notoria elocuencia (de esas que en el barrio se describían como "pico de oro"), rasgo que, en cambio, no favoreció a su esposo, hombre de prosa módica pero opaca.
La política indudablemente se adorna con la buena oratoria, pero sólo los ingenuos o los diletantes confunden una cosa con otra. La Argentina tuvo grandes políticos, líderes y organizadores que no gozaban de buena labia en los escenarios, aunque en privado eran artistas de la persuasión: Hipólito Irigoyen es el ejemplo más célebre. Juan Domingo Perón reunió varias cualidades: fue conductor, orador, pensador y estratega.

 



Aunque su esposa supera extensamente a Néstor Kirchner en materia de presencia escénica, vestuario, retórica y destreza oral, no consigue todavía imponerse en una asignatura fundamental, que podría llamarse presidencialidad. Desde la falsa sombra de su condición de "primer caballero" y la engañosa lejanía de la Casa Rosada, Kirchner Néstor sigue pareciendo más presidente que su señora esposa, aunque es ella la que fue votada para el cargo y es ella la que hace casi tres meses que lo ocupa.
Vestida de blanco, la señora tuvo oportunidad de mostrarse presidencial el primer día de marzo, al inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso. Venía de una semana mortificante, iniciada con la negativa del gobierno de Lula Da Silva a ceder "ni una molécula" del gas boliviano que viajará a Brasil y no llegará a la Argentina; una semana que continuó con los tironeos entre el ministro de Economía que ellá eligió (el joven Martín Lousteau) y el secretario de Comercio que heredó de su esposo (Guillermo Moreno). Como se había anticipado en esta página, Lousteau amagó dejar el cargo a menos que se avalara su autoridad. La señora sólo consiguió disuadirlo temporariamente, pero no pudo respaldarlo como él pedía, porque Moreno puede girar en descubierto gracias al crédito que le otorga la oficina de Puerto Madero que ocupa Néstor Kirchner. El acto fallido en que incurrió el viernes 29 la señora cuando, frente a Lousteau y en público, llamó "ministro" a Moreno revela freudianamente el peso real de quien, formalmente, sólo es secretario de Estado. Y, sobre todo, el peso de su garante, por comparación con los avales de Lousteau.
Después de haber decretado un empate provisional entre ambos contendientes, y mientras los bonos que se aprecian según el índice del costo de vida bajaban y el riesgo país crecía ante la vehemente impresión de que Moreno impondría su criterio sobre la confección del índice de costo de vida, crecía la expectativa sobre el discurso de la señora de Kirchner a la asamblea legislativa. Tal vez ella zanjaría la cuestión en ese contexto .
No lo hizo.
En su discurso sin papeles la señora no habló de la inflación ni de la manera de medirla que ella estará dispuesta a sostener. Aun si se hubiera tratado de un olvido, el silencio no podría interpretarse sino como una señal de que esa discusión sigue vigente.
Y no se trata sólo de una discusión entre funcionarios, sino de una tensión superior.
En rigor, es probable que Moreno tenga razón al sostener que su índice es plenamente funcional al llamado "modelo productivo" que sostiene el kirchnerismo. La naturaleza de las reformas que él impulsa consisten en no medir los bienes y servicios que aumentan, sino otros de menor precio y calidad que puedan sustituirlos; de esa manera se tiende a achicar los incrementos generales de precios que se registran mes a mes, y que tanto sirven al cálculo de la llamada línea de pobreza como son base de la indexación de una serie de bonos de la deuda. Los tenedores de esos bonos dirán, naturalmente, que el método es equivalente a falsear una balanza. Pero Moreno no se preocupa demasiado por esa objeción: ya hace meses que una denuncia penal contra él, la titular del Indec, Ana María Edwin, y la directora del IPC, Beatriz Paglieri, por manipulación de las estadísticas oficiales está virtualmente paralizada.
Más allá de las consecuencias judiciales, económicas y de imagen internacional que provoca, el índice Moreno no servirá para medir cuantitativamente las variaciones del costo de vida, pero mostrará en cambio fotografías sucesivas que permitirán ilustrar gráficamente las variaciones en la calidad de vida de los argentinos. El índice dibujado mostrará aumentos de precio pequeños, pero exhibirá la lógica del reemplazo a la que la mayoría de los ciudadanos se verá forzado para llegar a fin de mes con el mismo dinero: el paso de las primeras a las segundas y terceras marcas; la desaparición de las prepagas y la eliminación de los gastos de turismo en el índice reflejarán cuál es la idea de país que entra en las estadísticas y la visión oficiales. Un país que será barato a condición de que los ciudadanos se resignen a reducir la calidad de las prestaciones.
¿Los aumentos de salarios que se discuten en estas semanas no compensarán ese fenómeno? Más bien intensificarán la demanda, mientras la oferta, por falta de inversión, sigue estancada. Aumento de precios. Más trabajo para Moreno. De todos modos, para licuar esa demanda agregada ya hay voces que reclaman más devaluación, un modo de que los pesos con que se paguen los salarios valgan menos. Otra prueba de la funcionalidad modélica del método Moreno.
En fin, si la señora atiende al ministro que ella eligió (Martín Lousteau) sabe cuáles son los rasgos del morenismo. Sabe también que su ministro le pide apoyo para rechazarlo. Si piensa hacerlo, todavía no ha podido o no lo ha considerado oportuno. En su discurso del sábado 1 de marzo omitió el asunto.
También dio marcha atrás (verbal) en relación con su preocupación por el tema energético. Una semana antes, en reunión con las autoridades brasileras, la señora "nos dijo que Argentina tendrá un serio problema en invierno", declaró a los medios el canciller de Lula, Celso Amorim. En el discurso ante los legisladores, en cambio, sostuvo que no faltará energía en invierno y se quejó de que los medios, en lugar de informar sobre el tema, "asustan y preocupan". Ella –apelando al famoso "mal de muchos"- dijo que si Argentina tiene problemas energéticos es porque el mundo los padece. ¿Es un consuelo?
El sábado 1 la señora volvió a sacar buena nota en la bolilla de oratoria. Las pruebas de presidencialidad, con todo, incluyen otros temas que ella aún no afronta. Dicen que en marzo ocurrirán definiciones. Marzo –mes de exámenes- recién empieza.




(Publicado La Capital de MdelP 230208)

MAQUILLAJE



Yo os quiero confesar, don Juan, primero,
que ese blanco y carmín de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.


Bartolomé ( o Lupercio Leonardo) de Argensola (circa 1610)


"El Ministerio de Economía distribuyó anoche un trascendido con dos destinatarios visibles: los dirigentes obreros y los empresarios(…) A través de los mecanismos habituales, los cronistas acreditados en el Palacio de Hacienda
fueron impuestos de que pese a los requerimientos de la CGT, el equipo económico considera que los índices de evolución del costo de vida no justifican un aumento superior al 38 por ciento…" Teinta y tres años atrás, el 10 de junio de 1975, el diario La Opinión informaba que Celestino Rodrigo, recién designado ministro de Economía de María Estela Isabel Martínez de Perón, se esforzaba por contener la fuerte puja distributiva que lideraba la conducción gremial. Argentina emergía de meses de intervencionismo y contención artificial de la inflación, durante los cuales se había desquiciado todo equilibrio en los precios relativos de la economía. Funcionario de un gobierno débil, Rodrigo tenía la ilusión "hacer las cosas bien" y ponerlas en su debido lugar; no pretendía, en esos primeros escarceos, sofocar los reclamos gremiales, sino acotarlos, ponerles un tope: entre 38 y 40 por ciento. La mayoría de los sindicatos reclamaba el doble. La crisis política lo obligó a renunciar en menos de dos meses.
Martín Lousteau, hoy joven titular del Palacio de Hacienda del gobierno de la señora de Kirchner, también esta preocupado por los precios relativos y, sobre todo, por el creciente proceso inflacionario. Aunque el cargo lo obligue a disimularlo, el ministro no toma en serio las cifras producidos por el INDEC , que asignan al año 2007 un incremento de menos del 9 por ciento en el costo de vida. Por eso, opinó que el tope de los aumentos no debía superar el 20 por ciento, una vía oblicua pero indubitable de cuestionar la manipulación numérica que se desarrolla en un área que, en los organigramas, depende de él mismo (si bien él no controla).
En rigor, nadie toma en serio esas cifras que, entre otros flagrantes delirios, afirman que los costos de veraneo fueron este año inferiores a los del año anterior (por caso, que los alquileres en zonas de vacaciones bajaron un 24 por ciento). Como el gobierno hizo estallar no sólo la veracidad, sino también la verosimilitud en materia estadística, los gremios reclaman incrementos que superan (en algunos casos duplican) el tope porcentual proclamado por el gobierno. Los empresarios de la UIA, escandalizados, reclaman que no se traspase el 15 por ciento, pero los primeros convenios firmados –por ejemplo, el de los camioneros de Hugo Moyano, que pretende ser emblemático- entre letra grande y letra chica alcanza el 25 por ciento. Y muchos sindicatos toman eso como piso, no como techo.
Por su formación académica, el joven Lousteau es sensible a los peligros inflacionarios y desconfía del método empleado hasta ahora por el oficialismo para maquillarlos: no cree que los índices manipulados ataquen el mal; tampoco tiene fe en el nuevo índice elaborado por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, que quita de la muestra de precios aquellos rubros que más se resisten a sus deseos: el costo de los alquileres, por nombrar uno.
Todo hace conjeturar que el manejo del tema precios y salarios está provocando condiciones tormentosas en el gobierno, y que los truenos por ahora asordinados empezarán dejarse oír con nitidez en poco tiempo. No cabe descartar que Lousteau, si confirma que carece de margen de maniobra para guiar las decisiones que influyen sobre la situación inflacionaria, termine buscando o encontrando algún motivo plausible (no escasean) para eyectarse del elenco oficial. El no es el único alto funcionario que trata de avizorar qué le depararán los idus de marzo.
El tránsito, a menudo forzado por los hechos, entre la realidad maquillada y la verdad sin afeites –eso que suele llamarse sinceramiento- suele ser un proceso de rasgos traumáticos. Durante la gestión de Néstor Kirchner (y con mayor insistencia cuanto más acuciante se volvía la cuestión) se rechazó la idea de que la Argentina enfrentara una crisis energética. Para evitar que las dificultades provocaran malos ecos políticos, se racionó la energía que requerían sectores de la producción en beneficio de las zonas residenciales (aunque no se pudo evitar que hubiera también en ellas extensos cortes, en primer lugar en los lugares más apartados de la influencia social o mediática). Recién hace unas semanas la señora de Kirchner admitió de hecho los problemas, al promover un plan de cambio de bombitas eléctricas privilegiando las de bajo consumo. Esa, una de las contadas iniciativas de la presidente en estos dos meses y medio de gestión, no contó con el énfasis que requiere una situación complicada. Tan complicada que el canciller de Brasil, Celso Amorim, que acompañó al presidente Lula Da Silva en su viaje de estos días a Buenos Aires, narró a la prensa que la Señora de Kirchner "nos dijo que Argentina tendrá un serio problema en invierno". La presidente debió confiarle a su colega de Brasil algo que aún no ha admitido en voz alta a los ciudadanos argentinos, porque debía solicitarle ayuda en materia energética. Argentina contaba con una provisión de gas boliviano que el gobierno de Evo Morales no podrá disponer. La multiplicada influencia regional de Brasil le aseguraa a Lula que el gas del Altiplano priorice la demanda brasilera. Y el presidente de Petrobras –que dice sin anestesia lo que Lula y Amorim deben suministrar con cortesía- ya adelantó que "para nosotros es imposible ceder a la Argentina una molécula del gas que importamos desde Bolivia".
Así, al sincerarse, la "inexistente" crisis energética argentina se refleja como el vaticinio de un "grave problema". Y la pérdida de peso derivada del creciente aislamiento regional se expresa en la dificultad para ser aprovisionados por uno de los escasos gobiernos (el de Evo Morales) con el que la Casa Rosada estrechó lazos en estos años.
Tantas cuestiones han sido sometidas en los últimos tiempos al tratamiento estético, para presentarlas adecentadas por el colorete de la narración oficial, que los instantes en que alguna luz impiadosa las toca producen estremecimientos. Algo de eso ocurrió pocos días atrás, cuando Eduardo Duhalde celebró que en el gobierno reinara "el doble comando", ya que –dijo- "Cristina de Kirchner no sabe gobernar". La voz del ex presidente, aunque lo haya hecho con tono elogioso, subrayó algo que ha sido señalado reiteradamente por los analistas: la figura del esposo pesa sobre las decisiones de la señora presidente y eso no sólo es evidente, sino que también provoca una suerte de eclipse de la autoridad de ella. Ese tono menor, secundario si se quiere, que termina adjudicándose a la presidente electa, puede confundirse con la incapacidad mentada en aquella frase. Duhalde dijo lo que muchos piensan, reveló un ángulo de la realidad. Y el gobierno sintió el golpe, por eso todo el ballet oficialista hizo cola para responderle a Duhalde, en primer lugar aquellos que –por no tan antiguas intimidades con él- debían demostrar sin ambigüedad que han cambiado de amistades.
En el Congreso, el radicalismo encabezado por su presidente, el senador Gerardo Morales, desafió el relato oficialista sobre el caso Grecco (el proyecto firmado por Néstor Kirchner, Alberto Fernández y Felisa Micelli que disponía el pago de una millonada a los derechohabientes de aquella empresa, entremezclados con pequeños litigantes), denunció a los responsables de esa propuesta y despintó los adornos tras los que se disimuló el grave hecho.
Tras llovido, mojado: otro ex presidente, Carlos Saúl Menem, apuntó contra el maquillaje del oficialismo. A raíz de los aprestos para convertir a Néstor Kirchner en presidente del Partido Justicialista, señaló que esa invocada normalización partidaria "es tan cierta como las cifras del INDEC". El toqueteo de las estadísticas oficiales, las gambetas en relación con la crisis energética, los cuentos y desinformaciones sobre asuntos clamorosos quizás funcionan y embellecen durante un tiempo. Pero cuando alguno de esos secretos que sostienen la fantasía se revela, el descubrimiento proyecta dudas sobre el conjunto de la imagen, toda ella pasa a ser sospechosa de artificio y manipulación.
El invento estadístico del gobierno no resuelve la inflación, ni convence a quienes discuten precios de productos, servicios o trabajo. En cambio empieza a convertirse en sinónimo de falta de credibilidad de la palabra oficial no sólo en ese campo. Deja de ser una manipulación técnica para volverse un grave problema político.



(Publicado La Capital de MdelP 160208)

CUANDO EL MALTRATO SE VISTE DE HUMANITARISMO


Como si el aislamiento internacional en que ha caído el país no fuera suficiente, el matrimonio gobernante le está creando a la Argentina la fama de nación poco hospitalaria, de estado que somete a maltrato no sólo a sus acreedores, sino a sus invitados.
Los episodios de informalidad y quiebra deliberada de las normas protocolares han sido tantos en el último lustro que sería largo enumerarlos; pero el historial muestra algunos momentos rutilantes. Uno de ellos fue la famosa cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata en noviembre de 2005, cuando el gobierno de Néstor Kirchner -en sociedad con el venezolano Hugo Chávez y otros aliados- auspició una contracumbre destinada a atacar al presidente de los Estados Unidos, uno de los huéspedes oficiales.
En su escasa gestión, la señora de Kirchner ya ha cometido dos fuertes descortesías públicas para con mandatarios extranjeros. La primera ocurrió el mismo día de su asunción como titular del Poder Ejecutivo, cuando encaró impropiamente en su discurso al presidente del Uruguay, Tabaré Vásquez, en una situación en que éste no estaba en situación de responder.
La más reciente de las asperezas presidenciales ocurrió el miércoles 13 de febrero en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, cuando la señora de Kirchner increpó con brusquedad, en público y sin aviso previo, al jefe de Estado de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obian Nguema, quien visitó Buenos Aires no en un rapto de espontaneidad, sino a causa de una invitación especialmente tramitada por el gobierno kirchnerista en sus dos fases (Néstor y Cristina), habida cuenta de que las giras de los presidentes demandan fatigosos preparativos y tramitaciones.
Los voceros oficiales quisieron explicar el ex abrupto de la señora de Kirchner como la reacción apasionada de una mujer que terminaba de enterarse de los (cuestionados) antecedentes de su invitado. Se trata de una coartada insostenible. Los cancilleres y los presidentes argentinos son amplia y oportunamente informados por los estamentos profesionales del ministerio de Relaciones Exteriores sobre el perfil de los visitantes con quienes deben encontrarse, los rasgos esenciales del país que ellos representan, los temas de interés mutuo y aquellos objetivos (comerciales, diplomáticos, culturales) de interés para la Argentina que es preciso tratar en la entrevista. Tanto la presidente como su ministro de asuntos externos tenían la información necesaria sobre el señor Obian Nguema y sabían, inclusive, que el área oficial que comanda el ministro Julio De Vido había suscitado la invitación, por su interés en impulsar diversos negocios petroleros con Guinea Ecuatorial, un país rico en hidrocarburos. Sabían también que el presidente guineano viste de civil pero tiene origen militar, gobierna con una discrecionalidad que algunos hechos electorales no alcanzan para maquillar, está en el poder desde 1979 (veinte años después que el régimen de Fidel Castro en Cuba), tiene un pésimo record en materia de derechos humanos y fama de corrupto.
En rigor, la reacción pública de la señora de Kirchner no ocurrió porque ignorara esos datos, sino porque entre el martes y el miércoles muchos medios de comunicación argentinos los difundieron y destacaron con perplejidad que el perfil de Obian Nguema no resultaba demasiado compatible con la retórica sobre derechos humanos del discurso kirchnerista.
Fue el choque entre la imagen deseada y la que le devolvían en espejo los medios lo que llevó a la señora de Kirchner no a suspender su encuentro con el presidente guineano, sino a destratarlo en vivo y en directo, con suficientes testigos a la vista que pudieran dar cuenta de su gesto.
A diferencia de la acción contra Bush del año 2005, que estuvo caracterizada por la organización, el bofetón al guineano tuvo una alta cuota de improvisación. La señora decidió casi sobre el terreno que prefería mostrarse grosera antes que permitir que una mácula hollara sus títulos en materia de democracia y humanitarismo.
Si bien se mira, sin embargo, el gesto rudo ante el guineano revela una contradicción de fondo en la retórica oficial, ya que este es el mismo gobierno que considera agresivas las demandas de las Naciones Unidas para examinar la situación de derechos humanos en Cuba; que se resigna a admitir que el gobierno de la Isla retenga allí por la fuerza (entre muchísimas otras personas, es cierto) a dos ancianas, familiares de ciudadanos argentinos, que quieren viajar a nuestro país para reunirse con su descendencia; que no levanta la voz ante los presos políticos y de opinión que mantiene el régimen de Castro…
El gobierno exhibe, pues, incoherencia en su discurso y también en sus decisiones. El ejemplo de la actitud ante Castro (o la opinión ante la narcoguerrilla colombiana de las FARC) tanto como la invitación al presidente guineano demuestran que no es el principismo humanitarista lo que guía su conducta exterior ( por otra parte, tampoco habría motivos para que se priorizara ese u otros rasgos de ideologismo por sobre la defensa realista del interés nacional). El maltrato al presidente guineano no tiene bases principistas: responde a las erráticas reacciones de un gobierno que agrava su aislamiento internacional y su falta de brújula con chambonadas esperpénticas y desplantes chapuceros.


(Publicado La Capital MdelP 090208)

LA RECONCILIACION DE LOS EX


La readmisión de Roberto Lavagna en la nomenklatura kirchnerista, consumada el 1 de febrero en la Olivos (y consagrada el domingo 3 en la tapa de Clarín), le reportó al oficialismo una semana de relativo alivio en la prensa. La buena nueva de la reconciliación política de ambos ex (el ex presidente y el ex ministro y ex opositor), convenientemente motorizada desde las usinas de propaganda del gobierno, se mantuvo en primera plana y ocupó abundantes titulares de los informativos de radio y TV. El reencuentro y el culebrón de los autos diplomáticos consiguieron eclipsar parcialmente (o desplazar) en los diarios otros asuntos que disgustan al gobierno: el affaire de la valija con petrodólares, la inseguridad galopante y la (genuina) inflación, por citar algunos.
La jugada de Néstor Kirchner de cooptar a Lavagna en su dibujo de reestructuración del PJ va, sin embargo, más allá de una maniobra diversionista: procura resolver simultáneamente varios problemas que se le presentaron al oficialismo al iniciarse su segundo período de gobierno.
Una de esas cuestiones –aunque no sea la principal- reside en la necesidad de encontrarle a Kirchner un espacio que no se superponga con el de su esposa, que es formalmente la titular del gobierno. Desde diciembre, cuando ella inició su administración, los gestos y decisiones de él parecieron tener más peso y consecuencias políticas que la todavía pálida gestión de su cónyuge. La proclamada intención de transformarse en jefe del partido le otorga a Kirchner Néstor un rol y una coartada para sus conversaciones con ministros, gobernadores y congresistas: forman parte de una acción desde el llano, acometida por el líder de un partido que ostenta la primera minoría electoral, que gobierna, que tiene amplia ventaja numérica en ambas cámaras legislativas nacionales. Ha habido países en los que el cargo de jefe partidario tenía más peso político real que el de jefe de gobierno: la Unión Soviética, por ejemplo.
Ahora bien: aunque nadie duda del poder político informal que se le atribuye, Néstor Kirchner ya no es autoridad de la Nación y no es por el momento autoridad del justicialismo (en verdad. por influencia de él, el PJ estuvo inmovilizado durante un lustro y se encuentra aún intervenido judicialmente); el hecho de que su reconciliación con Lavagna se diera a conocer públicamente en la residencia de los presidentes, en Olivos, es contradictorio con la intención de dejarle el campo libre a su esposa. La foto en el contexto de la quinta y la trascendencia mediática que el oficialismo le insufló a la recontratación de Lavagna evocó una vez más la idea de que es Néstor quien toma las decisiones importantes en ese matrimonio. Subraya, asimismo, la consecuencia de Kirchner en una idea: el armado político (llámese PJ, sistema de alianzas electorales, Frente para la Victoria o lo que sea) es indisociable del manejo de los recursos del Estado: la caja central, los aviones y helicópteros oficiales… o la residencia presidencial. La diferenciación entre partido (o "armado político") y Estado es un punto ausente de la preceptiva de Néstor Kirchner (algo que, por ahora y a pesar de las invocaciones al "mejoramiento institucional", su esposa le consiente).

Muchos comentarios sobre la reconciliación de los ex –la mayoría- destacaron el recelo provocado en la opinión pública por la llamada "borocotización" de Lavagna y la presunta audacia de la maniobra del ex presidente. Un comentario desmiente al otro: el recuerdo de la veloz cooptación del doctor Borocotó por el oficialismo a días de que aquél hubiera conquistado una banca como opositor tiende a probar una reincidencia táctica, más que una innovación intrépida de Kirchner: el ex presidente emplea sus recursos para debilitar toda oposición y para introducir retazos más o menos importantes de esas fuerzas en la esfera que él controla: lo ha hecho con el ARI, con los socialistas y muy destacadamente con la Unión Cívica Radical.
Lo que no se ha subrayado suficientemente, en cambio, es que los últimos movimientos de Kirchner son, si bien se mira, el producto de un fracaso. En esta página ya se señaló en octubre, tras la elección presidencial, que "el kirchnerismo, desde el inicio de su gestión, procuró transformarse en expresión de algo nuevo (primero bautizado transversalidad, más tarde concertación), diferenciado del peronismo. Tanto el presidente como su esposa tomaron distancia de las tradiciones y la simbología peronista, y dedicaron a muchos de sus dirigentes palabras y señales de cuestionamiento y desprecio, resumidas en aquellas alusiones a Don Corleone que la primera dama dedicaba dos años atrás a su antiguo benefactor, Eduardo Duhalde, y al denigrado aparato bonaerense (…) montado en el primer período de su administración sobre un fuerte apoyo de la opinión pública (cuyo núcleo decisivo son las clases medias y altas de las grandes ciudades), el kirchnerismo intentaba reconstruir desde arriba una suerte de neo-Alianza mientras, merced a ese respaldo y al manejo discrecional de una caja cuantiosamente nutrida por los ingresos de las exportaciones agrarias, mantenía disciplinado y anestesiado al movimiento justicialista".
Pero los comicios de octubre mostraron que la opinión pública de las grandes ciudades le daba la espalda al gobierno y que era el tradicional voto justicialista, el de los sectores más humildes y expuestos, el que, impulsado por los gobiernos y organizaciones locales –lo que el kirchnerismo solía despreciar como "aparato"- , garantizaba la victoria de la señora de Kirchner sobre la dividida oposición. La ingeniería transversal ser había derrumbado.
"En este segundo período –registraba esta página en noviembre de 2007- el gobierno tendrá que vérselas con un peronismo que quiere revivir ( y si lo hace le pondrá límites) y con una opinión pública que se ha divorciado del oficialismo, se resigna apenas a admitir la legalidad de su victoria electoral y no termina de digerir su legitimidad y sus procedimientos poco republicanos."
Néstor Kirchner, que inmovilizó al justicialismo durante su gobierno, necesita ahora organizarlo personalmente para poder controlarlo. Pero el operativo lo desliza desde la situación de soberano absoluto a la de primus inter pares (aunque la paridad necesite del paso de algún tiempo para manifestarse en plenitud). Colocado en la situación de normalizador del partido que él mismo condenó antes a la hibernación, esa operación deberá mostrar rasgos, si no verídicos al menos verosímiles, de legalidad, transparencia y participación compatibles con el escrutinio de la opinión pública, de los peronistas y la mirada del exterior.
La sociedad, la intelligentzias, los medios y los mismos partidos no siempre ponen su atención sobre las instituciones con igual intensidad. En el período 2002/2003, por caso, fueron muchos los que observaron con indiferencia que -para sacar de juego a un candidato- el gobierno de entonces transgredía no sólo las normas partidarias del justicialismo sino la ley de reforma política vigente que prescribía internas abiertas obligatorias. Sin embargo, a partir de un momento que quizás pueda fijarse en el plebiscito misionero de octubre de 2006, en que el kirchnerismo local pretendía instaurar la reelección perpetua, el tema de la transparencia institucional y el reclamo republicano crecieron en el interés público. Ahora, pues, una maniobra burdamente manipuladora o excluyente en la llamada normalización del PJ se podría transformar en un bumerán para el oficialismo, en una señal de debilidad política y en una expresión suplementaria de deficiencia institucional.
La cooptación de Lavagna es, por el momento, una señal ambigua. Con él, Kirchner busca para su armado partidario un aliado que, más allá de las buenas marcas que mantenía en las encuestas (al menos hasta su acercamiento al gobierno), internamente no supone peligro alguno. Pero el esposo de la presidente sabe que el verdadero riesgo que le presenta el peronismo son los peronistas. La prueba que deberá superar va mucho más allá de la seducción de Lavagna o de otros personajes sueltos. Pasa por la capacidad para admitir, comprender y articular la gran diversidad de un movimiento que, como quiso Jorge Luis Borges, sigue siendo "incorregible", se mantiene fiel a la memoria de sus forjadores y sigue recordando el legado de Perón: "Mi único heredero es el pueblo".


(Publicado La Capital de MdelP 020208)

SE HACE CAMINO AL ANDAR


"…y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar."
Antonio Machado

Dos semanas atrás, una de las mayores casas bancarias de bandera europea que operan en América Latina organizó en México un summit de financistas, inversores y funcionarios para analizar la situación regional, al que asistieron cinco centenares de dirigentes del sector público y del sector privado del subcontinente. Según la encuesta a la que todos ellos se sometieron, Argentina resultó –junto a Venezuela- uno de los dos países en que la mayoría de los consultados afirmó que "no invertiría". Otro mensaje para Buenos Aires: las respuestas colocaron a la presidente de la Argentina –junto al cubano Fidel Castro- entre los líderes "menos influyentes".
Hay sectores del kirchnerismo que no se sorprenderían de esas respuestas por la sencilla de que ellos observan –con inquietud- los mismos fenómenos y asignan al tránsito entre la presidencia de Néstor Kirchner y la naciente gestión de su esposa un preocupante deslizamiento hacia la debilidad. Esos observadores de la intimidad oficialista están dispuestos a admitir que "Néstor muchas veces actuaba como elefante en un bazar", pero a cambio, señalan que "nunca dejaba el centro del ring ni carecía de iniciativa y reflejos". Aunque procuran no rozar a la señora de Kirchner, la nostalgia que exudan esos comentarios es toda una confesión.
Los círculos estrictamente cristinistas, en cambio, observan como defectos algunos aspectos que los nostálgicos de Néstor pintan como virtudes, murmuran quejas contra él y le asignan al ansia de protagonismo del marido la pérdida relativa de espacio de la cónyuge y el desvío de sus planes originales.
En cualquier caso, después de la división de tareas que el matrimonio discutió y consiguió acordar en el retiro de principio de año, en Calafate, la señora ha comenzado a esforzarse por conquistar el rol presidencial que recibió como herencia, por exhibir autoridad.
El instrumento principal de ese operativo cristinista ha sido el jefe de gabinete, Alberto Fernández, una figura que en la nueva etapa ha visto crecer la ya grande influencia que ostentó en el primer período K. La monarquía española de los Austria, en el siglo XVII, introdujo una innovación en la mecánica del sistema político con la figura del valido, personaje de confianza del soberano que asumía la conducción de los asuntos cotidianos, coordinaba los aparatos burocráticos y asumía múltiples funciones y prerrogativas (que naturalmente incrementaban su propio poder).
El pactado distanciamiento del ex presidente K, alojado ahora a un kilómetro de la Casa Rosada, en sus oficinas de Puerto Madero, y atento a la aún conjetural reestructuración del Partido Justicialista aproxima al Jefe de Gabinete al viejo rol de los validos. Fernández siempre participó en el estrecho círculo de las deliberaciones y las decisiones del kirchnerismo; la narrativa periodística siempre imaginó que en ese entorno su influencia era enfrentada, discutida o equilibrada por la de Julio De Vido. Ahora, aunque Néstor Kirchner le garantizó a De Vido la continuidad en el gabinete de su esposa, ésta parece haber acercado a Fernández al escalón del valimiento.
Fue el Jefe de Gabinete el que se ocupó personalmente de desescalar diplomáticamente la crisis con Washington agravada a raíz de las investigaciones del FBI sobre el origen y el destino de la famosa valija con petrodólares del venezolano Guido Antonini Wilson. Tres semanas atrás, Thomas Shannon, el funcionario que se ocupa de la región en el Departamento de Estado, había rescatado declaraciones en las que Fernández se alejaba de los exabruptos de otros colegas de gabinete y de la propia señora de Kirchner, que habían juzgado como "basura" la investigación de la Justicia estadounidense. " Fernández –destacó Shannon- dijo públicamente que éste es un caso que está manejado por las autoridades judiciales en Estados Unidos y que hay que dejarlo evolucionar sólo en el seno del sistema judicial estadounidense. Indica un entendimiento que es más positivo".
Fue también el Jefe de Gabinete –cumpliendo funciones de canciller- quien se entrevistó en Buenos Aires con el embajador Earl Anthony Wayne y propuso proteger el tema de la investigación con un paraguas (bajo el cual cada parte sostendrá sus puntos de vista previos, pero sin tensarlos), procurando que no tiña el conjunto de las relaciones entre ambos estados. El gobierno mantiene su teoría de que la investigación norteamericana tuvo visos de "operación política" y fue "un agravio gratuito" a las autoridades argentinas; Wayne reitera que se trata de una investigación policial y no de un designio político.
El embajador norteamericano, con los reflejos de un diplomático profesional, aspira a que la relación evolucione constructivamente, tanto para custodiar cierto equilibrio en la región como para mejorar las oportunidades de negocios para su país en la Argentina. La Casa Rosada, por su parte. busca en primer término, "normalizar" su vínculo con Washington y evitar que las circunstancias terminen rompiéndolo. Pero intenta, además, exhibir de una vez el cambio que insinuaba la señora de Kirchner en los prolegómenos de su gestión y al que los acontecimientos sepultaron.
El influyente Fernández imagina formas de consolidar el poder de la presidente, que hoy hasta un buen sector del kichnerismo juzga endeble. Quizás en virtud de esa búsqueda del jefe de gabinete ha vuelto a correr el rumor de que en marzo se producirán algunos cambios que la señora de Kirchner tenía previstos para diciembre y por distintos motivos no produjo.
El jefe de gabinete no está conforme con que el gobierno, en su relación con los medios, oscile entre sellar tácticamente acuerdos pampa con una franja del periodismo y criticar al resto desde el atril presidencial. Fernández busca establecer algunos "acuerdos estratégicos" con medios de peso. ¿Puede ser que para allanar el camino de esos acuerdos y hasta para encontrar temas constructivos de conversación con la embajada americana considere necesario dejar libres la secretaría de Cultura que hoy ocupa José Nun y el vértice de un Consejo vinculado con las comunicaciones?
En una columna que publica La Nación, el ilustrado periodista Carlos Pagni señalaba esta semana, tras el encuentro entre Wayne, Cristina Kirchner y Alberto Fernández, que "no debería extrañar que la TV digital sea la primera materia que anime el vínculo restaurado ayer". La Argentina debe definir (según había afirmado el presidente del CONFER, Julio Bárbaro, iba a hacerlo antes de que concluyera el año 2007) la norma de televisión digital que adoptará el país. Hay tres sistemas en competencia: el japonés (por el que se inclinó Brasil), el europeo, por el que parecía definirse Argentina hasta el año último (el propio Néstor Kirchner recibió a los representantes de DVB, la norma europea, algo que no hizo con los enviados de los otros sistemas; Bárbaro estuvo más de una semana en España estudiando el Standard). El tercer sistema es el americano, elegido por los países del NAFTA (el acuerdo comercial América del Norte), por el que parece interesado en la Argentina Grupo Clarín.
Aunque por el momento estas señales de cambio que parecen insinuarse son tenues como un velo, conviene registrar entre ellas una leve modificación en el tono con que el gobierno trata al campo. Esta semana se aliviaron regulaciones que vedaban la exportación de cereales. La Casa Rosada se interesó (no condenó) una iniciativa del gobernador santafesino Hermes Binner por alcanzar acuerdos con el golpeado sector ganadero. Y la presidente pronunció una frase en su reciente gira a Entre Ríos que pinta al campo, no como "el malvado" que sugería la prosa de atril de su esposo, sino como la plataforma del crecimiento del país a través de la cadena agroindustrial: "Cuanto más valor agreguemos a cada gramo de maíz, de soja y trigo, más trabajo vamos a tener y más riqueza vamos a distribuir".
¿Hay un intento de sintonizar la realidad de otro modo o estamos simplemente ante gestos tácticos, palabras de oportunidad, parches, maquillaje? Si se estuviéramos ante una intención, así fuese tímida, por cambiar de rumbo, por no pisar la misma senda, surgiría la pregunta siguiente: ¿cuál será la reacción de los que sólo pretenden continuismo?



(Publicado La Capital MdelP 190108)

ES PAPÁ QUIEN MANDA


Después del mal paso de la mediación organizada por su amigo, el comandante Hugo Chávez, que lo obligó a recibir el 2008 en el aire, Néstor Kirchner se encerró en El Calafate con su esposa y decidió sumirse en provisorio silencio. Más allá del disgusto de la señora de Kirchner por la falta de palabra de las FARC (que no habían cumplido la prometida liberación de tres rehenes) y por la improvisación con que Chávez había manejado todo el show humanitario, esos días no campeaba en El Calafate solamente el hermetismo que relataban las crónicas, sino la mala uva presidencial. La señora observaba, en rigor, lo mismo que en los días anteriores y siguientes destacaron muchos analistas: su figura se veía desplazada del centro por el protagonismo de su cónyuge y gran elector, el ex presidente.
Ciertamente, antes aún de su aventura en la selva (donde muchos lo seguían llamando presidente), Néstor Kirchner se proyectaba como figura decisoria del nuevo gobierno, mientras la mandataria electa parecía vacilar entre los actos protocolares y las vacaciones. Cuando muchos (y quizás la propia Cristina de Kirchner) vaticinaban un retiro del respaldo de la Casa Rosada a Hugo Moyano como cabeza del movimiento obrero y el apoyo a otra figura (Antonio Caló, un metalúrgico que no le teme a la corbata) para conducir la CGT, Néstor K se entrevistó con el jefe de los camioneros y recauchutó su poder gremial. Todos entendieron que se trataba de un úkase y que faltaban unos días para que la señora en persona recibiera a Moyano.
Un poco antes de ese episodio, los principales colaboradores de Kirchner Néstor habían sido ratificados por su esposa en sus ministerios, secretarías y subsecretarías, sin excluir a aquellos a quienes el entorno de la presidenta venía prometiéndoles un destierro discreto.
En fin, también tuvo su peso la reacción exasperada ante la investigación judicial de Estados Unidos sobre el episodio de la valija con petrodólares venezolanos (donde, según el subsecretario de Estado Tom Shannon, "los Kirchner manejaron esto para proteger su base política y para calmar la preocupación doméstica de una manera que no tuvo en cuenta una visión de política exterior más amplia"). Fue Néstor Kirchner el que le dio el tono a la respuesta oficial, y ese tono diluyó el "giro sensato" de la política externa argentina que anticipaban los círculos cristinistas.
Al parecer, tras los muros de la residencia K de El Calafate, el matrimonio discutió, con su proverbial acaloramiento, la necesidad de que él no le haga sombra a ella en su rol de autoridad.
Se trata de una tarea nada sencilla, porque en la política argentina, tan impregnada (en todos los sectores) del sentido realista del peronismo, suele reconocerse con velocidad dónde reside el poder (o el mayor poder, si se quiere) y se ha aprendido, para bien o para mal, a diferenciar la formalidad jerárquica de los cargos de la jerarquía efectiva (más propia del reino de la física) que otorga la capacidad de tomar decisiones importantes que sean efectivamente cumplidas.
Un signo del poder que, en el dispositivo actual, le es asignado a Néstor Kirchner reside en el hecho de que un amplísimo, mayoritario sector de funcionarios, gobernadores e intendentes que adscriben de una u otra manera al justicialismo, declaran que él debe presidir el PJ una vez que concluya la intervención judicial que el mismo Kirchner indujo cuando ocupaba la Casa Rosada.
Para ofrecerle ese apoyo como futuro titular del pejotismo, todos esos funcionarios no han vacilado en torcer los argumentos que ellos mismos recitaban hasta hace pocas semanas. En aquellos tiempos, cuando Kirchner Néstor era titular del Poder Ejecutivo, decían que "el peronismo tradicionalmente unifica el poder y si hay un presidente de nuestro signo, es él quien naturalmente conduce el partido". Con esa lógica, hoy deberían ofrecerle la titularidad partidaria a la señora de Kirchner, no a él. A menos que se entienda que, en la lectura de todos esos voceros oficialistas, no hay dudas de que es en Kirchner en quien "se unifica el poder", más allá de que ya no ocupe formalmente el cargo presidencial.
El hecho es que, aunque se trate de un espejismo, del plenario de dos de El Calafate emergió una fórmula de convenio conyugal: Cristina al gobierno, Néstor al partido. Se verá si las partes cumplen el contrato. Se verá si la realidad se los permite. En todo caso, ese arreglo sólo posterga (probablemente también extiende) los cortocircuitos que se producen siempre que se pretende gobernar con doble comando.
Más allá de la competencia de su propio esposo, el gobierno de la señora de Kirchner sufre hasta el momento de cierta anemia autogenerada. La presidenta no encuentra todavía una misión singular que la identifique. Trata de explotar el llamado "discurso de género" y apela a la reiteración de los relatos de la memoria que tuvieron mayor rating al comenzar la gestión de su esposo, pero que ahora, cuando una protagonista de esas narraciones, la señora de Bonafini, se realiza en los medios como procaz sostenedora de los terroristas de la FARC o cabeza de emprendimientos inmobiliarios subsidiados por el Estado, han perdido mucha de su vieja atracción justiciera para ser recibidos, más bien, como un sofocante discurso propagandístico. Últimamente, el ministerio de Julio De Vido le proveyó algunos temas rutilantes, como la promesa de futuros "trenes bala". Pero la presidenta se dedica poco a los asuntos que preocupan a la sociedad: la inseguridad, la inflación. Recién diez días atrás se permitió referirse a otro asunto que inquieta: admitió que hay decenas de miles de cortes de luz, aunque todavía ella y su gobierno esquivan el sinceramiento de la palabra crisis. Evita también escenarios exigentes: renunció, por caso, a concurrir al famoso Foro de Davos, un ámbito que, de tenerlos, le hubiera permitido exponer ante un auditorio de influyentes y poderosos de todo el mundo sus proyectos para que la Argentina recupere inserción internacional. Da la impresión de que, al recorrer el segundo mes de su segundo período, este gobierno K se alegra con poco: la felicidad que le trajo la última semana consistió en que no pasó nada importante.
En las anteriores, habían ocurrido muchas cosas importantes.
La mayoría, adversas.



(publicado en La Capital MdelP, 120108)

CHAVEZ, EL GOBIERNO K Y LOS CORDEROS CON PIEL DE LOBO

La singular sociedad que el gobierno ha forjado con el comandante venezolano Hugo Chávez, asentada sobre columnas de ideologismo y petrodólares, ha pasado a constituirse en el flanco a la vez más significativo y más vulnerable del kirchnerismo.
Hay, por cierto, temas domésticos que se ven muy acuciantes. El primero de ellos es la impotencia del régimen K ante la crisis energética, que negó durante toda su primera etapa y que recién ahora empieza tímidamente a blanquear, aunque no encuentra expedientes para resolverla que no se vinculen a una lógica intervencionista y autoritaria. La intención de convertir a los encargados de edificios de renta en vigilantes de sus empleadores (los consorcistas), no sólo tiene vínculos genéticos con los encargados de manzana castristas o con los serenos urbanos del franquismo (sistemas informales de delación, ambos). Esencialmente, se trata de una iniciativa que no contribuye en nada a paliar la crisis energética determinada por la imprevisión y la terca negación de los hechos, que disgusta a la sociedad hasta el punto del cacerolazo; en cambio, representa una invasión en los derechos individuales de los ciudadanos y un envenenamiento de las relaciones entre empleadores y empleados en las casas de departamentos, es decir, en los hogares de los argentinos.
La sociedad con el chavismo es, en proyección, más dañina incluso que la inflación que corroe reprimidamente el orden económico; en rigor, influye sobre ella al convertirse en un obstáculo suplementario a la inserción internacional de la Argentina y a la captación de inversiones, nacionales y foráneas.
Lo de Chávez va más allá. Porque inmediatamente después de haber encandilado a los medios y a los actores y observadores propensos a contraer el síndrome de Estocolmo con el gesto presumidamente "humanitario" de la liberación de 2 (de entre 750) rehenes de la narcoguerrilla FARC, el capo venezolano ha realizado un strip-tease público en la sede de la Asamblea Nacional (Congreso) de su país, en Caracas, y ha sincerado brutalmente su relación con los secuestradores, verdugos y carceleros de centenares de personas, incluidas las dos damas finalmente liberadas de su cautiverio el jueves 10 de enero.
El comandante Chávez declaró el 11 de enero ante un legislativo adicto –y con toda la solemnidad que implica un discurso presidencial ante la asamblea de congresistas- que su gobierno considera a la narcoguerrilla colombiana, no una expresión del terrorismo, sino "verdaderos ejércitos, que ocupan espacio en Colombia... hay que darles reconocimiento a las Farc y al Eln, son fuerzas insurgentes que tienen un proyecto político, que tienen un proyecto bolivariano que aquí (en Venezuela) es respetado". Ipso facto, el César caraqueño reclamó que el mundo retire la calificación de terrorista a la organización de sus amigos, exhibidos como un rebaño de corderos con piel de león.
Con esa declaración, el "gesto humanitario" del que el venezolano, con la contribución de las FARC, quería transformarse en gran protagonista, se mostró en su verdadera naturaleza: una gran operación conjunta del chavismo y la narcoguerrilla para sacar a las FARC de su decadencia e imponerle al estado democrático colombiano (con el eventual respaldo de algunos países europeos) el reconocimiento de los terroristas como legítima "fuerza beligerante e insurgente", un estado dentro del estado. De ese modo, Chávez pretende cooptar a la narcoguerrilla como una suerte de expresión armada "bolivariana" en Colombia y avanzadilla venezolana en territorio de otro estado.
Los comandantes del las FARC expresaron vertiginosamente su convergencia con el planteo de Caracas. En un comunicado, la narcoguerrilla aseveró que "somos una fuerza beligerante a la espera de ser reconocida por los gobiernos del mundo (…) Simón Bolívar nos enseña que, cuando el poder es opresor, la virtud tiene derecho a anonadarlo".
Hay algo de cinismo en el hecho de que las FARC se autocalifiquen como "ejército de la virtud", tanto como puede haber de ingenuidad (para no acudir a juicios más severos) en reputar sus últimos actos como expresión de algún sentido "humanitario". Que no se tomen como coartada de esa concesión las expresiones de las señoras recientemente liberadas: ellas están aún bajo la presión brutal, angustiante y perturbadora de haber sufrido años de cautiverio, de separación de sus seres queridos (de su hijo recién nacido, en el caso de la señora Clara Rojas), del espectáculo que ellas mismas describen de rehenes encadenados por los tobillos y el cuello, marchando por la selva con sus grilletes; y hasta del hecho de que muchos de sus amigos y tristes compañeros de padecimientos se encuentran todavía bajo el poder de los secuestradores. ¿No es patético que esas damas y sus familiares deban ofrecerle públicamente sus honores a un Chávez que se dedica a decirle al mundo que los raptores y asesinos de civiles de distintas edades, cultores del narcotráfico, no son terroristas mientras pide para ellos el status de legítimos insurgentes? Tal como son presentadas por Chávez y por una liga de analistas y comunicadores adictos que no carecen de influencia en las redes mediáticas, no faltará quien proponga a las FARC y a quien ha pasado a ser su principal vocero y abogado como candidatos a recibir el Premio Nobel de la paz.
Para la ONU, un grupo terrorista es el que "hace uso de la violencia contra población civil no combatiente con el objeto de condicionar al Estado". ¿Qué otra cosa que una extorsión de esa naturaleza es el manejo del "canje" de rehenes civiles como Ingrid Betancourt como elemento de presión sobre el estado colombiano y estados extranjeros, como Francia, por ejemplo?
La Unión Europea tiene a las FARC caracterizadas, naturalmente, como organización terrorista. En rigor, ese rasgo depende menos del juicio de las cancillerías que de los propios actos de la narcoguerrilla. Por cierto, para Francia y España, que sufren directamente la experiencia del terrorismo (ETA, sectores fundamentalistas) representaría una grave expresión de doble moral someterse a las condiciones de la narcoguerrilla colombiana expuestas por Chávez, cuando ninguno de ambos estados parece dispuesto, como es lógico, a adoptar una conducta análoga con las organizaciones terroristas que invocan parecidos argumentos en sus territorios.
El planteo de Chávez, formulado ante el Congreso de su país, otorga una altísima jerarquía institucional al más abierto y grave desafío que se haya lanzado en América Latina a un principio básico del orden jurídico no sólo continental, sino universal: el principio de no intervención en los asuntos internos de otros países. El presidente venezolano deberá asumir la responsabilidad de dinamitar ese importante principio y abrir la puerta a otras potenciales intervenciones en el continente.
Tanto la OEA como la Organización de Naciones Unidas tienen desarrollada una jurisprudencia sobre este asunto: "Todos los estados deberán abstenerse de organizar, apoyar, fomentar, financiar, instigar o tolerar actividades armadas, subversivas o terroristas encaminadas a cambiar por la violencia el régimen de otro estado y de intervenir en las luchas internas de otro estado".
Las legítimas autoridades constitucionales de Colombia no pueden sino contemplar con rechazo y repudiar la conducta del presidente del país con el que comparten la frontera más extensa, que ha decidido respaldar (ahora abierta e indisimuladamente) a una organización que agrede la convivencia de su país, ataca a sus ciudadanos, impide el ejercicio de la autoridad estatal y tutela la actividad del narcotráfico, que es –con los secuestros- su principal sustento financiero. Y que, a través de la excusa de la comunidad ideológica "bolivariana", insinúa sin afeites la perspectiva de una acción expansiva venezolana sobre la soberanía de Colombia.
Hasta ahora había centenares de testimonios de la colaboración del chavismo con la narcoguerrilla. Hace unos días, una extensa investigación publicada por el diario madrileño El País (que no es precisamente un medio al que se puedan asignar posturas "de derecha" o ligadas "al imperio"), desplegaba bajo el título El narcosantuario de las FARC una extensa investigación en la que exhibía la alianza, respaldo y complicidades del régimen de Chávez con la banda de los comandantes de las FARC y la creciente ligazón de Venezuela con el negocio del narcotráfico que los terroristas colombianos explotan desde hace años. En cualquier caso, el presidente de Venezuela había omitido hasta el momento un compromiso tan explícito. Había disfrazado (con una máscara transparente, es cierto) su colaboración con los terroristas bajo el manto "humanitario". Había reclamado (exigencia que se demostraría excesiva y sólo destinada a favorecer el despliegue guerrillero) que las fuerzas armadas de Colombia se replegaran en una amplísima zona y durante semanas, como condición para que pudiera realizarse la entrega de los rehenes; la que no tuvo obstáculos para realizarse sin ese requisito, como de hecho ocurre cada vez que la narcoguerrilla tiene que devolver un rehén por el que ya ha cobrado un rescate.
Pero esas condiciones parecían emerger de los escrúpulos excesivos de un mediador neutral preocupado por la suerte de los rehenes. Ahora queda al desnudo que el papel de Chávez ha residido en capitalizar (o tratar de hacerlo) la extorsión de la narcoguerrilla, que lo alimenta con sus actos. La realimentación perversa entre la conducta de la narcoguerrilla y Chávez podría eternizarse: cuantos más secuestros de una, más oportunidades para que el otro se exhiba humanitario…y use ese cartel para defender a los secuestradores. Las FARC tapizan el suelo de clavos miguelitos para que Chávez haga prosperar su gomería (negocio común). Unos provocan los enfermos y el otro explota un hospital.
Embarcado ahora abiertamente en una política intervencionista en Colombia, asociado a una guerrilla que explota el narcotráfico, Chávez se convierte cada día con más evidencia en un chico malo del barrio. Los países de la región difícilmente puedan mirar hacia otro lado ante un gobierno que respalda a los condotieros delincuenciales que agreden a la democracia vecina. La política de crear "zonas liberadas" para reclamar desde ellas legitimación internacional y establecer cuñas en las naciones del continente fue sufrida por muchos países de la región: ¿será legitimada ahora por los estados americanos para inclinarse ante la extraviada voluntad del comandante caraqueño?
Conectado a Caracas por sospechosas valijas y por vínculos poco transparentes (vuelos misteriosos, embajadores de facto, negocios raros) el gobierno argentino debe recapacitar, porque las decisiones que tome de ahora en adelante en relación a Chávez no serán observadas sólo desde la perspectiva de la literatura picaresca, sino desde la de las grandes disyuntivas estratégicas, esas en las que una apreciación sesgada puede provocar cien años de soledad.






(Publicado en La Capital MdelP 050108)


CHAVEZ, TIROFIJO, BONAFINI, MOYANO: AMIGOS SON LOS AMIGOS


Todavía no ha transcurrido un mes de la segunda presidencia K y su titular, la señora de Néstor Kirchner, ya parece necesitar descanso, refugio y silencio para gambetear los problemas que heredó de la gestión de su marido o los que ella misma contribuyó a impulsar.
La valija enviada por el comandante Chávez (en la que Guido Antonini no traía, precisamente, estampitas de Simón Bolívar sino retratos de Benjamín Franklin sobre fondo verde) arribó a Buenos Aires en un vuelo fletado por el estado argentino en tiempos de Néstor. Lo mismo puede decirse de la decena de vuelos similares registrados por radares estadounidenses y que ahora investigará la justicia argentina. Pero la acusación al sistema institucional de Estados Unidos (fiscales, departamento de Justicia, FBI) imputándole una rocambolesca confabulación destinada a perjudicar al gobierno kirchnerista ocurrió bajo la autoridad formal de la Señora, aunque hayan sido el Esposo y el jefe de gabinete de ambos (Alberto Fernández) quienes desplegaron esa teoría conspirativa con mayor aspereza y minuciosidad. Si bien se le atribuían a ella intenciones de "moderar" el estilo internacional de su esposo y procurar un suave alejamiento del eje cubano-venezolano, para aproximarse a un sector del sistema político estadounidense (el centroizquierda demócrata), súbitamente (a partir de la investigación de la Justicia americana sobre petrodólares, valijeros y agentes de la inteligencia chavista) esos planes fueron descartados.

"Una canción de gesta se ha perdido
en sórdidas noticias policiales"

El gobierno K optó por un discurso "antiimperialista" que ha extendido en las últimas semanas y parece un esfuerzo por detener el deslizamiento de las relaciones entre Buenos Aires y Caracas de las páginas políticas a las páginas policiales de los diarios.
También se adjudicó a una decisión de la Señora la iniciativa de que el Esposo se involucrara personalmente en el show montado por Hugo Chávez y la narcoguerrilla colombiana (FARC) sobre la expectativa de que ésta liberara a tres cautivos, de las decenas que mantiene secuestrados desde hace años. El hecho de que la atención del estado francés se fijara especialmente en Ingrid Betancourt, una franco-colombiana que fue candidata a presidente y supo mantener relaciones estrechas con prominentes políticos galos, otorgaba al operativo cobertura mediática mundial, aunque la narcoguerrilla no la incluyera en primera instancia en la brevísima nómina de liberados que prometía ofrendarle a Chávez. A primera vista, la idea de enviar por unos días al borde de la selva a Néstor Kirchner, vestirlo de verde oliva chic y mezclarlo en las fotos con el César Bolivariano y con Oliver Stone en la común misión humanitaria de rescatar rehenes parecía una seductora idea promocional (como aquellos anuncios de los 20.000 millones de dólares de inversión china, ¿se acuerdan?).
Una semana atrás, en cualquier caso, esta columna se preguntaba con escepticismo "si las operaciones humanitarias con protagonismo de Chávez y la narcoguerrilla colombiana son un artefacto apto para navegar aguas procelosas o si no constituyen, más bien, un salvavidas de plomo". La respuesta a esa duda empezó a verificarse rápidamente. Mientras las FARC, con diversas excusas, postergaban la liberación de los secuestrados, Hugo Chávez (mala señal para el operativo) abandonaba su compulsión a hablar anta cámaras de tevé y se refugiaba en Caracas y en el hermetismo, mientras Néstor Kirchner quedaba como rostro y vocero de los llamados "garantes", que no estaban en condiciones de garantizar nada, excepto, llegado el caso, alguna versión de los hechos.
El último día de 2007 hubo al menos dos versiones de los hechos. El presidente de Colombia, Alvaro Uribe, ante las cámaras proclamó que las excusas ofrecidas hasta ese momento por las FARC y avaladas por Chávez no respondían a la realidad: no era cierto que hubiera habido adversidades climáticas capaces de impedir la entrega de los rehenes ni era cierto que el estado colombiano hubiera desplegado tropas para impedir esa liberación. Uribe agregó una información decisiva: la narcoguerrilla no podía cumplir su compromiso –dijo- porque no estaba en condiciones de entregar a una de las víctimas prometidas, un niño de tres años nacido en cautiverio de la unión entre una prisionera y un miembro de las FARC. Ese niño, aventuró Uribe como hipótesis, había estado bajo otra identidad ubicado por los terroristas en instituciones del estado colombiano.

Teoría de los dos demonios

Para Chávez y sus amigos de las FARC, que difundieron una declaración en Europa, la afirmación de Uribe constituía "una mentira", destinada a "hacer estallar el rescate". Los garantes encontraron una excusa para salir de la incómoda situación en que se habían colocado, con la improbable promesa de "continuar las gestiones". Kirchner y la delegación argentina, en la conciencia de que la aventura concluía en un fracaso, procuraron forjar un relato conveniente al menos para el consumo doméstico. La narración kirchnerista fue una versión sui generis de la teoría de los dos demonios, siempre repudiada por el oficialismo. Según ese punto de vista, difundido por voceros oficiales y oficiosos, Uribe y las FARC eran los responsables del fracaso. El gobierno legítimo de Alvaro Uribe era colocado en el mismo plano de credibilidad que la narcoguerrilla y se aceptaban las excusas de los condotieros con mayor acogimiento que la denuncia del mandatario sobre la situación del pequeño Emanuel. Más allá de ese pobre intento excusatorio, el signo más elocuente del mal paso y de las huellas que el resbalón produjo en el matrimonio presidencial ha sido el silencio tras el cual una y otro se protegieron.
A esta altura, después que declaraciones de testigos directos y exámenes de ADN demostraron sin espacio para la duda la veracidad de la información presentada por el presidente Uribe sobre el pequeño Emanuel y cuando hasta la propia narcoguerrilla termina admitiéndolo, el turbado hermetismo de la pareja presidencial parece una adaptación del clásico "¡tierra, tragáme!", pero es insuficiente para eludir las consecuencias de su tenaz vínculo con Hugo Chávez y sus admiradores de las FARC. Uribe y el estado colombiano han recuperado un rehén y quizás la presión que ellos han ejercido termine impulsando la liberación de otros.
Hay que decirlo: el gobierno K tiene los amigos que se ha buscado. Una de ellos, Hebe de Bonafini, proclama sus amores sin rubor alguno: "Estamos con los compañeros de las FARC, estamos con Chávez, estamos con nuestro presidente que fue a Colombia".

La ofensiva contra Macri


El gobierno también tiene los conflictos que se busca. Al atacar a las instituciones americanas y adjudicarles confabulación a raíz de la investigación sobre el valijero Antonini Wilson, el kirchnerismo ha colisionado con el sistema político estadounidense en su conjunto, no sólo con el gobierno de George W. Bush (que tiene, por lo demás, más de un año de gestión por delante).
Pero, al parecer, el gobierno de Kirchner no se contenta con pelear al sistema político estadounidense: también se muestra dispuesto a chocar con la clase media capitalina, a juzgar por la vertiginosa declaración de guerra de Hugo Moyano y de los dirigentes del gremio municipal porteño al jefe de gobierno local, Mauricio Macri, depositario de más del 62 por ciento de los votos de la Ciudad Autónoma. El rápido paro de actividades (lanzado para oponerse al cese de contratos políticos decretado por Macri) y el protagonismo de Moyano sólo son explicables como una movida más en la campaña de hostigamiento al Jefe de Gobierno que el kirchnerismo lanzó diez días antes con un fracasado bocinazo.
Macri sorprendió a más de uno resistiendo a pie firme la ofensiva político-gremial oficialista, y contraatacando con la intervención de la obra social de la Ciudad. El gremio ha manejado siempre discrecionalmente esa caja así como la afiliación obligatoria, cautiva (y pésimamente atendida) de 150.000 empleados municipales. La disposición de Mauricio Macri a resistir las ofensivas oficialistas seguramente buscará respaldo en la voluntad de los votantes capitalinos y en su exteriorización pública.
En rigor, los ciudadanos de Buenos Aires han demostrado en muchas ocasiones que son capaces de movilizarse tanto para expresar sus objetivos como para mostrar sus rechazos.
En el balance de las magras cuatro semanas de la segunda presidencia K, al choque con Estados Unidos, la frustrante participación en el show de Hugo Chávez y el inicio de hostilidade en la Ciudad de Buenos Airess, el gobierno debe sumar otra consecuencia del período anterior: el dramático déficit energético que está enervando, con cortes de electricidad y agua, a amplios segmentos de la población en todo el país.
Durante cuatro años, Kirchner negó tercamente que hubiera crisis energética. En los últimos días, el énfasis puesto en la aprobación legislativa del cambio de horario, el proyecto de reemplazar bombitas de luz por otras de bajo consumo y la promoción de un proyecto de ahorro energético vienen vergonzantemente a desmentir aquellos embelecos. A buen entendedor, pocas palabras.
Pero los gestos actuales no proporcionan soluciones inmediatas; así, es conjeturable que el mal humor social no ceda en una temporada de altos calores, déficit de agua y heladeras en las que, sin electricidad, se pudre la comida.
Sedado por la bucólica atmósfera de Calafate, cautelosamente alejado de escenarios más exigentes, el matrimonio Kirchner se prepara con resignación para el retorno a Buenos Aires. Ella en cualquier momento empieza a gobernar.




(Publicado en La Capital MdelP 291207)

SALVAVIDAS DE PLOMO


Acosado por las consecuencias del affaire de la valija con petrodólares venezolanos y por revelaciones laterales de la investigación sobre el tema que lleva adelante el Departamento de Justicia de Estados Unidos, el gobierno kirchnerista ha decidido redoblar las apuestas del acercamiento al coronel Chávez y el verbalismo anti-Estados Unidos.
La Casa Rosada ha llegado a la conclusión de que sólo agravando el incidente y dándole un sesgo ideológico y conspirativo puede (quizás) disimularse la información que empezó a gotear en agosto (cuando, inesperadamente, una funcionaria de la Policía Aeronáutica investigó el contenido de la maleta de Guido Antonini Wilson, viajero de un vuelo estatal argentino invitado por el embajador de facto ante el régimen chavista, Claudio Uberti) y ha empezado a fluir más raudamente a partir del juicio que se lleva a cabo en Miami. Ya se ha publicado, por ejemplo, que los detenidos, acusados de ser agentes extranjeros que actuaban clandestinamente en territorio estadounidense, ofrecieron a Antonini una cifra millonaria, "dispuesta por Venezuela y Argentina", para que éste mintiera sobre el origen y el destino de los dólares que transportó de Caracas a Buenos Aires. Puede llegar a revelarse judicialmente mucho más. En una columna del diario Clarín suscripta por el jefe de su sección Política, Julio Blanck, se deslizó esta semana, sin anestesia, que radares norteamericanos detectaron 42 vuelos similares al de Antonini, con partida en el aeropuerto de Maiquetía y arribo en la zona oficial del Jorge Newbery. "Viajes como el de Antonini –escribe Blanck- tenían frecuencia semanal antes de que estallara el escándalo".
El prestigioso Washington Post – un diario muy alejado del gobierno de George W. Bush- señaló esta semana en un ácido editorial que "es bien sabido que las estrechas relaciones entre Venezuela y Argentina no son mero resultado de una afinidad ideológica (…) está saliendo a la luz ahora que los lazos personales del señor Chávez con la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner también pueden estar lubricados con petrodólares".
Es improbablemente casual que el diario aluda, en ese contexto, a la compra de bonos argentinos por parte del régimen chavista. Muchos observadores conjeturan lucrativos vínculos entre la compra de títulos de la deuda local por parte del gobierno venezolano y los manejos oblicuos que siempre conviven con regímenes de control cambiario como el que ha impuesto Chávez.
Para diluir las vehementes sospechas de negocios raros suscitadas por las maletas de Antonini y el puente aéreo Buenos Aires-Caracas, nada mejor que desplegar la trama de una conspiración, ladrarle a la luna del imperio y montar una operación de propaganda tan embellecida por sus objetivos humanitarios -la recuperación de algunos rehenes de la narcoguerrilla que ocupa parte del territorio colombiano-, que hasta tiene la capacidad de maquillar atractivamente a los secuestradores.
Al precio de opacar el rol presidencial de su esposa, Néstor Kirchner ha decidido destacar su propio liderazgo, embarcándose como copiloto del coronel Chávez en el operativo de devolución de secuestrados con que los comandantes de las FARC han decidido homenajear y beneficiar al líder "bolivariano". Las FARC, que desde hace años controlan y custodian un amplio sector de Colombia en el que tutelan y gravan la cadena de valor de la producción de droga, desde el cultivo a la refinación, son una fuerza aliada directa del castrismo cubano, con el cual Chávez mantiene una relación asociativa privilegiada, nutrida por el subsidio energético que provee a la isla y por sus afinidades menos ideológicas que psicológicas y oratorias con el Comandante Castro Ruz. Un hilo no demasiado sutil liga, pues, a la narcoguerrilla secuestradora y al jefe bolivariano de los recuperadores.
El papel de escolta de Chávez que Néstor Kirchner se dispuso a cumplir con entusiasmo de boy scout tiende a subrayar la coartada ideológica frente a las revelaciones actuales u potenciales de la investigación judicial norteamericana. La Casa Rosada ya ha urdido su relato: el gobierno de Washington manipula a la Justicia de Estados Unidos contra el gobierno K porque lo disgustan la autonomía del kirchnerismo, su relación con Chávez, la creación del Banco del Sur (que promueve Caracas) y hasta su empeño humanitario por recuperar a la franco-colombiana Ingrid Betancourt de manos de los guerrilleros de las FARC.
Se verá si ese dibujo ideológico compone una credibilidad sustentable a los ojos de la opinión pública, que en los últimos comicios no exhibió en las grandes ciudades ninguna propensión a confiar en las razones del gobierno.
Se verá, también, si las operaciones humanitarias con protagonismo de Chávez y la narcoguerrilla colombiana son un artefacto apto para navegar aguas procelosas o si, más bien, constituyen un salvavidas de plomo.
Veremos, veremos.
En cualquier caso, que todos seamos más felices en 2008.




(publicado en La Capital MdelP 221207)

PEDIR LO IMPOSIBLE Y NO HACER LO INDISPENSABLE


A coro y como si leyeran la misma partitura, funcionarios y lenguaraces del kirchnerismo local y del chavismo venezolano entonan la misma canción: "Guido Alejandro Antonini Wilson debe ser extraditado a la Argentina". Se distinguen en el conjunto las voces de Néstor Kirchner, de su jefe de gabinete Alberto Fernández y de su encargado de inseguridad, Aníbal Fernández, así como la del mujaidín Luis D'Elía, la del jefe bolivariano Hugo Chávez y la del gobernador del estado venezolano de Cojedes, Jhonny Yanez Rangel. Todos piden lo mismo para el adiposo Antonini y a todos se les ha ocurrido en el mismo instante.
Resulta verdaderamente enigmático este interés repentino por el célebre valijero después de largos meses de silencio y apatía durante los que ni se habló del expediente abierto en la madrugada del 4 al 5 de agosto, ni se lo activó judicialmente. No es menos misterioso que todos reclamen algo que saben que no ocurrirá: transformado hoy en testigo protegido en Estados Unidos, país del cual es ciudadano, Antonini jamás será extraditado. No sólo por esa condición de arrepentido bajo tutela de las instituciones americanas, sino por el hecho más general de que Estados Unidos no extradita a sus propios ciudadanos. En rigor, son pocos los países que lo hacen. La Argentina sólo excepcionalmente concedía esas solicitudes. Una de esas excepciones ocurrió en noviembre de 2002, cuando la Corte autorizó la entrega de cuatro argentinos detenidos en Buenos Aires, acusados por la Justicia de Estados Unidos de introducir heroína colombiana en Nueva York. Eso no ocurrió sin controversia: Enrique Petracchi, uno de los dos miembros de aquella Corte que se mantienen en su puesto, votó en contra de la medida.
En ocasiones, la Justicia argentina ha rechazado inclusive extraditar a ciudadanos extranjeros reclamados por sus países de origen por delitos allí cometidos. Fue ese, por ejemplo, el caso del pedido español de extradición del vasco Jesús María Lariz Iriondo, acusado en aquel país de participar en actos de terrorismo como miembro de la organización separatista ETA.






La política del tero y la soberanía judicial

El reclamo chavo-kirchnerista de extradición de Antonini y la actuada indignación ante el hecho de que seguramente no será concedida, suenan a excusa.
Después de introducir ilegalmente en el país casi un millón de petrodólares chavistas en un vuelo oficial argentino, el valijero no fue retenido en agosto por las autoridades locales. Se sabe ahora que, mientras el delito era silenciado (sólo generaría reacciones oficiales dos días después de que alcanzara estado público por acción del periodismo), Antonini era recibido en la Casa Rosada y más tarde se le facilitaba la salida sin inconvenientes del país junto a Hugo Chávez. Los tímidos jueces que intervienen en el expediente no han indagado aún nada de lo que puede averiguarse en fuentes locales; ni siquiera han citado a declarar a las personas responsables de aquel vuelo, compañeros de viaje del introductor del dinero. Ni la Justicia ni la Cancillería no ha puesto en acción los dispositivos del Tratado de Asistencia Jurídica Mutua y de la cooperación judicial argentino-estadounidense que están en vigencia desde la década del 90. Por esos mecanismos, más allá del tema de la extradición de Antonini, la justicia argentina podría pedirle a la de Estados Unidos colaboración para interrogar al valijero en aquel país. Pero, ¿ quieren los que reclaman a voz en cuello la extradición de Antonini que él se exprese en el trámite judicial? ¿Quieren que consten en el expediente los datos que el valijero podría aportar: quién le entregó la valija, a quién debía dársela en Buenos Aires, cuál era el objetivo del envío?
El gobierno Kirchner, en el tema de los 800.000 petrodólares venezolanos, iza el pabellón de la soberanía judicial: pretende que los que se encarguen del asunto sean los magistrados locales (que están siempre a tiro de juicio político, bajo la vigilancia de los soldados que el oficialismo mantiene en el Consejo de la Magistratura).
En verdad, el oficialismo enarbola la soberanía judicial cuando le conviene; Kirchner es el que más hizo retroceder ese principio cuando admitió, en algunos casos del pasado, que tribunales ajenos (no cortes supranacionales y acordadas por el país, sino jueces de otras naciones) asumieran jurisdicción sobre hechos ocurridos en la Argentina y sobre los que ya habían actuado la Justicia y las instituciones del país.

La coartada "patriótica"

El tema de la valija atraviesa las dos etapas del gobierno K y no está necesaria ni exclusicvamente ligado al financiamiento de una campaña electoral. En la era de Kirchner Néstor se soldó el vínculo con Chávez y fue en esa época cuando empezaron a volar las maletas; fue entonces cuando se establecieron nexos especiales con Caracas y se puso en funcionamiento esa embajada de facto que cubría Claudio Uberti, formalmente titular del Organo de Control de Concesiones Viales de Argentina, pero en la práctica encargado de negociaciones con el régimen chavista, como hombre de la máxima confianza de Kirchner y de Julio De Vido. El venezolano Teodoro Petkoff, fundador del Movimiento al Socialismo de su país y actualmente director del diario Tal Cual, podría seguramente aportar información sobre esas negociaciones: "Acá en Venezuela –escribió en su periódico- conocemos muchísimo a De Vido: sabemos por ejemplo que sus intereses están representados por la oficina del señor Alex del Nogal, una persona que ya fue detenida en Italia acusada de narcotraficante".
En la segunda etapa de gobierno K, tanto De Vido como la mayoría absoluta del personal del primer período kirchnerista mantienen sus cargos. Y los signos de continuismo se vigorizan a partir de la reactualización del caso de los petrodólares. En ese momento la señora de Kirchner asume sin beneficio de inventario la herencia legada por su cónyuge. Más aún: éste vuelve a ocupar escenarios y atriles, para subrayar, bajo el argumento de defensa de su esposa, la continuidad de la línea y la gestión que él encarnó. Sigue -lo sepa o lo ignore- una vieja enseñanza de Napoleón: el secreto de un buen general reside en saber evitar la retirada…de la propia tropa. La coartada "antiimperialista", los argumentos "patrióticos" . no sólo representan una presión para los funcionarios de los distintos poderes que quieran actuar con independencia, son sobre todo la apelación a un recurso clásico para disciplinar y sofocar tempranamente los signos de duda o las insinuaciones de desvío hacia "la sensatez" que empezaban a observarse en rincones no necesariamente secundarios del oficialismo y presagiaban (presagian) crisis internas
Los que imaginaban que la gestión de la señora de Kirchner podía orientarse en un sentido diferenciado del que había impuesto su esposo registraban (y acaso sobrevaluaban) aquellas dudas e insinuaciones, compartidas o no por la propia señora.
La variación del rumbo puede haber sido una intención, pero no se produjo.



D'Élía convertido en metro patrón

Es curtioso observar cómo los altibajos de la carrera artística del ex piquetero Luis D'Elía se han convertido en una suerte de metro patrón de las vacilaciones internacionales del kirchnerismo.
Por cierto, en los tiempos en que se dedicaba a montar piquetes y a sitiar o tomar con modos rústicos edificios privados o públicos, D'Elía no se ocupaba de política exterior. La misión que –junto a otros- tenía asignada (y por la cual era juzgado y retribuido) residía fundamentalmente en garantizarle al oficialismo K ocupación de la calle y cierta capacidad de presión sobre adversarios reales o potenciales del gobierno.
Pero una vez ascendidos algunos tramos en la siempre resbalosa pirámide kirchnerista, D'Elía avizoró horizontes más atractivos que los que ofrecía el movimiento piquetero; comprobada la fidelidad del gobierno (que neutralizó las acciones destinadas a investigar y castigar la violenta toma de comisaría de La Boca que capitaneó), lo suyo dejó de ser la pelea chica de los desocupados y trabajadores en negro que quieren acceder a un subsidio estatal o incrementar el que ya reciben. D'Elía comprendió velozmente que una fuente en principio inagotable de financiamiento podía ser el mandamás de Venezuela que, impulsado por la magnífica renta petrolera de su país, aspiraba a intervenir activamente en los países de la región. La amistad entre la Casa Rosada y el sedicente coronel bolivariano le permitía al ex piquetero servir a dos amos sin demasiada tensión espiritual y nutrir la caja de su movimiento con aportes de dos fuentes.
Un momento de gloria de esa iniciativa: aquellas jornadas de noviembre de 2005 en Mar del Plata cuando Néstor Kirchner, al tiempo que era anfitrión de mandatarios americanos, se convertía, al decir de Chávez, en "el comandante de la operación" de ofensiva contra uno de sus huéspedes (el presidente de los Estados Unidos) y contra el ALCA. D'Elía marchaba entonces bajo la divisa de ambos, sostenido por los dos ubérrimos liderazgos.
Pero un tiempo después los senderos parecieron bifurcarse. Chávez develó públicamente sus simpatías por el régimen iraní de Mahmoud Ahmadinejad y hasta celebró algunos comentarios de éste, que se balanceaban entre la agresividad antisionista y el libelo antisemita. D'Elía olfateó otra posible fuente de apoyo, viajó a Teherán y comenzó a predicar una simbiosis pampeanamente rara de bolivarismo chavista y fundamentalismo islámico, pero lo hizo justo en el instante en que la señora de Kirchner (íntimamente advertida de que pronto sería la reencarnación presidencial de su marido) consideró adecuado abrir mejores relaciones con el establishment demócrata y la comunidad de negocios de Estados Unidos. Fue por esos días que la candidata in pectore comenzó a insinuar cierto fruncimiento de nariz al escuchar el apellido Chávez y en un viaje a Venezuela tomó contacto con la conducción de la colectividad judía local, hostigada por el coronel bolivariano, y pidió por ella al César caraqueño. El gesto, destinado a que lo visualizasen las influyentes colectividades judías de Nueva York y de la Costa Oeste (decisiva en el mundo del espectáculo y los medios californianos), parecía sugerir un despegue de la dama en relación con la erizada conducta internacional de su esposo. Luis D'Elía fue entonces desterrado del oficialismo visible; aunque subsistían los vasos comunicantes por los que seguía fluyendo combustible para alimentar el tanque del piquetero, ya no se lo invitaba a las reuniones, se lo consideraba comprometedor, sólo se lo citaba con la clandestinidad que enardece a los amantes.
Ahora, merced al FBI y al Departamento de Justicia de los Estados Unidos, D'Eía ha vuelto a la luz sin necesidad de disimular su oficialismo. La investigación sobre la valija de petrodólares que en agosto dejó en Buenos Aires el venezolano Antonini Wilson canceló los movimientos que había encarado el kirchnerismo hacia Estados Unidos y ha devuelto a la señora de Kirchner a los brazos del coronel Chávez. No más disimulos ni preocupación por las apariencias: la Casa Rosada cierra filas con el benefactor bolivariano y acusa a las autoridades de Washington de urdir una "canallesca" maniobra destinada a perjudicar tanto al venezolano como a la señora de Kirchner. El cambio de actitud kirchnerista recupera los servicios públicos de D'Elía, que vueve a transformarse en vocero de un romance latinoamericano, en lenguaraz del restaurado eje chavo-kirchnerista. Cauto, D'Elía por ahora omite las menciones al régimen iraní y los argumentos forjados por la propaganda de Teherán que él reproducía habitualmente. Pero no tardará en volver a ellos. D'Elía se siente plenamente reivindicado por las circunstancias.
Los Kirchner, forzados por los secretos que el valijero puede develar, aterrizan de emergencia en el punto de partida.



(Publicado en La Capital MdelP 151207)

EL DIA MENOS PENSADO


En menos de una semana la señora de Kirchner ha pasado por tres instancias proverbiales del mando presidencial: las vísperas, el día después y el día menos pensado.
Durante las vísperas fue despojando su vestuario oficial de las lentejuelas del "cambio" con que había adornado sus ropajes de candidata. Confirmó a la mayoría de los ministros del primer período kirchnerista y sinceró que el signo decisivo de la segunda presidencia sería el continuismo. Con todo, sus lenguaraces deslizaban que ella se reservaba ajustes en un terreno por el cual –aseguraban- siente una inclinación especial: el de la política exterior. Los mismos voceros insinuaban que la señora no compartía la simpatía de su marido por el venezolano Hugo Chávez y que ella manejaría las relaciones internacionales con "apertura, realismo y sentido común".
El día después pasó rápido, aunque vino adornado por enfrentamientos con el secretario general de la CGT, Hugo Moyano, y con movilizaciones de los tamberos, molestos por el intervencionismo oficial y la fijación desde arriba de un precio del litro de leche que resultaba ruinoso para ellos. Muy velozmente empezaban a emerger y contaminar el ambiente problemas de los que no se puede culpar a la década del noventa, asuntos barridos bajo la alfombra durante la primera presidencia kirchnerista. En primer lugar, la madre de todas las batallas: la inflación, que el gobierno ha combatido manipulando estadísticas. El papel no se resiste a los dibujos oficiales, pero la realidad es otra cosa. Los asalariados, advierte Moyano (pero no sólo él) no van a admitir que sus ingresos queden atrás del incremento de precios; los productores (avisaron los tamberos) no van a resignarse a precios controlados que los empujan a la quiebra de sus negocios y a la de la misma actividad lechera. Pero, en fin, lo que el día después señalaba es que gobernar en la segunda presidencia K no será coser y cantar.
Pero de pronto llegó el día menos pensado. Se anunció con un cable de la agencia italiana ANSA que informaba de la detención en el estado de Florida, Estados Unidos, de cuatro personas involucradas en el caso de Guido Alejandro Antonini Wilson, aquel boliburgués ("burgués bolivariano", apelativo sarcástico que dan en Venezuela a los beneficiarios del capitalismo de amigos que practica Hugo Chavez) que trajo en agosto una valija con 800.000 dólares a Buenos Aires y luego se fugó, abandonando sin reclamos esa fortuna. El FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos, venía a saberse, habían concluido una investigación que incriminaba a los detenidos en acciones extorsivas realizadas en territorio norteamericano en perjuicio de un ciudadano americano (el propio Antonini Wilson) por mandato y representación ilegal de un estado extranjero (Venezuela). Según los investigadores, se había amenazado a Antonini y a sus hijos, en caso de que aquel revelara quién le había entregado los 800.000 dólares y cuál era el destino de esa fortuna. "Los dólares eran para apoyar una candidatura presidencial en la Argentina", explicó el fiscal interviniente. "Esa candidatura era la de Cristina Kirchner", le confió el mismo funcionario al corresponsal de La Nación en Estados Unidos.
El dichoso maletín de Antonini ya había mortificado al gobierno kirchnerista en agosto. El episodio –en el que tomaron intervención la Aduana y la Policía Aeronáutica- fue silenciado por las autoridades, pese a que el dinero llegó al país en un vuelo de la empresa petrolera del Estado, Enarsa. El hermetismo oficial se mantuvo inclusive hasta 48 horas después de que el periodismo destapó el caso. Durante ese lapso de silencio, el introductor de la valija tomó las de Villadiego mientras el escándalo crecía aquí y en Venezuela. En Buenos Aires, pero sobre todo en los medios caraqueños, se aseguraba ya entonces que el dinero era un aporte de Chavez a la campaña electoral de Cristina Kirchner. Había otras versiones que hablaban de regalos a funcionarios. En el diario Página 12, un periodista que asesora a la Casa Rosada, Horacio Verbitsky, señalaba que " desde (el ministerio de Julio De Vido) Planificación se sugiere, sin afirmarlo en forma taxativa, que el dinero podría ser un aporte al movimiento territorial que dirige Luis D'Elía y que las oficinas de Pdvsa (la petrolera venezolana) en Buenos Aires, donde hay quince funcionarios, sólo se dedican a la actividad política". Si de algo no parecía haber duda era de que el gobierno venezolana, de un modo u otro, estaba interviniendo en la política argentina con sus petrodólares. El gobierno K no admitió nada, pero impulsó la renuncia de Claudio Uberti, titular de un ente estatal dedicado a obras viales pero encargado de facto de negocios con el régimen chavista. La excusa para el apartamiento: haber permitido que Antonini abordara el vuelo oficial de Enarsa (que, sin embargo, en lo formal no dependía de Uberti).
En Venezuela, entretanto, Chaves acusaba al gobierno de George W. Bush de armar en su contra una operación de inteligencia. Por esos tiempos, un hombre tan próximo a los Kirchner como Horacio Verbitsky, afirmaba: "el gobierno de Venezuela no vio otro problema que los medios de comunicación y el imperialismo, discurso interesante pero de improbable aplicación a este caso".
El día menos pensado, después de tomarse largas horas para asimilar la noticia, la señora de Kirchner decidió abrazarse a Chávez y a los mismos argumentos que el coronel venezolano había empleado cinco meses atrás. Ella y los otros dos Fernández de la cúpula gubernamental dibujaron un relato según el cual el gobierno de los Estados Unidos había desplegado una maniobra de inteligencia ("basura" dijo ella, "una canallada" moderó Aníbal Fernández) para perjudicar al gobierno kirchnerista y presionarlo para que no se junte con Chávez.
"Discurso interesante pero inaplicable en este caso", para emplear las mismas palabras de Verbitsky en agosto. En rigor, el discurso no resiste el análisis. Habida cuenta de que el FBI maneja estos elementos de información desde hace semanas, si la intención hubiera sido perjudicar a la señora de Kirchner, ¿no hubiera sido más eficaz difundirla en plena campaña electoral? Precisamente en las escuchas obtenidas por los investigadores, los agentes venezolanos que amenazan a Antonini Wilson le dicen que si se revelara el nombre del candidato argentino a quien se destinaban aquellos petrodólares, "perdería la elección".
El ex subsecretario para el Hemisferio Occidental de Estados Unidos, Roger Noriega, en un artículo publicado el viernes 14 de diciembre, comentó con ácida ironía la reacción de la señora de Kirchner: "Uno podría haber pensado que la líder electa para defender el imperio de la ley en su país hubiera jurado llegar al fondo del escándalo, aunque más no fuera para limpiar su nombre (…) Uno pensaría que las autoridades argentinas tendrían alguna curiosidad acerca de un aparente crimen cometido en su territorio, o que las autoridades argentinas querrían saber si sus amigos en Caracas son responsables de un plan para amenazar a los hijos inocentes de un individuo para encubrir un crimen (…) La idea presentada por algunos funcionarios de Kirchner de que esta es una operación de inteligencia sugiere una falta de conocimiento preocupante de la independencia de los organismos encargados de aplicar la ley y del sistema judicial".
Noriega menciona a los "amigos en Caracas" después de que la señora de Kirchner (aquella de la que se predecía una tendencia a alejarse de Chávez) decidió, tras la difusión de la investigación estadounidense, envolverse en la bandera y arrojarse a los brazos del venezolano. También después de que –el martes 11- el propio Chávez evocara ante interesados y efusivos empresarios argentinos, que "uno de los mejores días" de su vida fue " esa reunión en Mar del Plata, cuando enterramos el ALCA. El comandante de esa operación fue Néstor Carlos Kirchner."
¿Fue también Néstor Carlos Kirchner el comandante de esta operación en la que su esposa, que sugería querer tomar distancia de Caracas, termina abrazada al coronel bolivariano? Tal vez. Puede también que haya sido un reflejo de temor. Porque lo cierto es que si en el juicio a los cuatro agentes de Chávez que se inicia la semana próxima en Estados Unidos se ratifica la información sobre el destino del maletín de petrodólares, la gravedad institucional del caso (intervención de un estado extranjero en la elección de las autoridades nacionales, financiamiento ilegal, etc.) tendría inevitables repercusiones en el país.
En agosto, después de que el gobierno se desprendió oficialmente de Uberti, en esta página escribimos que "tal vez la Casa Rosada considea que el episodio de la valija con 800.000 dólares pasará al olvido después de que los dos gobiernos involucrados –Argentina y Venezuela- hubieron echado lastre por la borda (…) Sin embargo, es improbable que un expediente como el que se abrió en el Aeroparque porteño en la madrugada del sábado 4 de agosto sea archivado por el mero alejamiento de dos adláteres. El cargamento irregular de casi un millón de dólares estadounidenses luce como la pista de una vasta operación de lavado de dinero. Y el lavado es un delito minuciosamente investigado por el poder internacional, porque suele ser el síntoma revelador de males mayores: crimen organizado, narcotráfico, terrorismo, corrupción."
La basura bajo la alfombra tarde o temprano, el día menos pensado, vuelve a hacerse visible.