19/11/07

Paralelismos

 


Más significativos que el listado de los ministros que acompañarán a Cristina Kirchner a partir del 10 de diciembre fueron el adelantamiento de su difusión y la circunstancia de que no fuese ella quien hiciera el anuncio sino el actual y próximo jefe de gabinete.
El anticipo en los tiempos fue determinado por los vientos de fronda que soplaban en el oficialismo, con presiones cruzadas de algunos que quieren permanecer, otros que quieren entrar y algunos que aspiraban, si no al privilegio de poner ministros o secretarios, al menos sí al derecho de tachar alguno.
En tren de simplificar, se ha hablado de un bando encabezado por Alberto Fernández y de otro liderado por Julio De Vido. El relato convencional establece que el jefe de gabinete es el adalid de lo que podría llamarse el continuismo prolijo mientras el responsable de la obra pública sería el capo del continuismo salvaje. Al parecer, el primero de esos ejércitos, invocando los gustos y preferencias de la señora de Kirchner, habría insinuado la necesidad de que dejaran el gobierno algunas de las figuras más cuestionadas por la opinión pública: en primer lugar De Vido y enseguida algunos personajes que le responden, como el secretario de Comercio y manipulador del Indec, Guillermo Moreno, y el de Transportes, Ricardo Jaime.
El otro sector, de su lado, sostendría que la victoria electoral ratificó el rumbo y los equilibrios impuestos por Kirchner y que toda concesión a la opinión pública –cuyos sector más emblemáticos, las clases medias de las grandes ciudades, votaron en contra del kirchnerismo- sería interpretada como una señal de debilidad.
La violenta manifestación con amenaza de huelga protagonizada frente a la Legislatura porteña por los gremios del transporte que responden a Hugo Moyano, más allá del motivo local invocado (un proyecto de código de tránsito para la Ciudad Autónoma) debe ser inscripta en aquella dura puja intestina del oficialismo. Los prolijos vienen planteando la necesidad de transformar a la central obrera en una entidad políticamente correcta, operación que requeriría jubilar al camionero y poner en su lugar a un dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, Antonio Caló. Aliado de Julio De Vido por motivos propios, Moyano salió a marcarle la cancha al gobierno nacional, a advertir y presionar anticipadamente a Mauricio Macri, futuro jefe del gobierno porteño, y a asegurarse la continuidad de un interlocutor atento como Carlos Tomada en el ministerio de Trabajo. De Vido y el porpio Néstor Kirchner lo tranquilizaron y obtuvieron la suspensión de la huelga anunciada. El gobierno, que pensaba tomarse todavía una semana y un retiro más en El Calafate antes de develar el misterio del gabinete, se vió en la necesidad de precipitar la noticia. Que Alberto Fernández fuese el encargado de un anuncio cuyo contenido principal residía en que se mantendrá a la mayoría de los ministros, incluídos los más criticados (De Vido, Garré, la que no sabe qué es un FAL, en Defensa y Aníbal Fernández bajo otro techo, pero siempre a cargo de la inseguridad) fue el mayor signo de continuismo que podía darse. En rigor, un reflejo fiel de la realidad: estamos ante una reelección sui generis y parece plausible que quien se siente reelegido aplique el viejo adagio -“Si no está roto, no lo arregles”- que parece el lema favorito del continuismo salvaje. El otro bando imagina más bien que el lema de la señora de Kirchner es otro, de matriz goethiana: “Lo que te ha sido dado, conquístalo para poseerlo”.
El ala prolijista, más susceptible a los humores de la opinión pública, procuró exhibir signos de cambio (esa palabra que el kirchnerismo extravió durante la campaña), con algunas incorporaciones, principalmente la de Martín Lousteau, el golden boy que toma la silla económica que liberó Miguel Peirano. Tanto Lousteau como Graciela Ocaña y Florencio Randazzo son figuras que tienen doble propósito para el oficialismo. Le suministran una cuota de maquillaje juvenil a un gobierno que empieza su segundo período y le procuran puentes, así sea precarios, para trabajar a sectores ajenos u hostiles. Randazzo cuidará que a Daniel Scioli no se le haga el campo orégano en el mapa bonaerense hasta el punto de gozar de excesiva independencia en relación al poder central; Ocaña está pensada para trabajarle el frente interno a Lilita Carrió y abrirle la puerta a eventuales tránsfugas del mismo ARI en donde la próxima ministra supo militar. Lousteau –formado en filas de centroderecha- tiende a ser una coartada (vaya a saberse cuán duradera) para las desviaciones regulatorias, intervencionistas o confiscatorias del oficialismo. Analistas y voceros de la Casa Rosada hacen saber que “el verdadero ministro de Economía ha sido y será Néstor Kirchner”.
En rigor, Kirchner está demostrando que su poder en el dispositivo oficialista seguirá siendo decisivo aunque sea su esposa la que ocupe legalmente el sillón de Rivadavia. Esa suerte de bicefalismo suele generar problemas políticos o institucionales o de ambas categorías.
Hasta en los regímenes de facto esa ambigüedad provoca cortocircuitos. El llamado Proceso lo experimentó con las tensiones entre la Junta de Comandantes y el titular del Ejecutivo. Antes de eso, a principios de los años setenta, la fórmula “Cámpora al gobierno, Perón al poder” se demostró impracticable. Héctor Cámpora, aunque fiel a su jefe, fue presidente merced a la proscripción de Perón y terminó encarnando, involuntariamente, una conjunción de fuerzas que quería prolongar el resultado de esa proscripción y eternizar la lejanía de Perón. Finalmente la realidad impuso su lógica: después de durísimos enfrentamientos, Cámpora debió renunciar para abrir el camino al líder.
A fines de los años cincuenta, Arturo Frondizi sufrió desgaste por muchos motivos; no fue el menor de ellos lo que en aquellos días se definió como “paralelismo” o “gobierno paralelo”. Se le adjudicaban a Rogelio Frigerio un poder y una influencia desmedidas sobre el Presidente electo. Frondizi lo había designado Secretario de Relaciones Económico-Sociales, pero era notorio que Frigerio se había constituido en un auténtico deus ex machina del gobierno. Sólo pudo permanecer en el cargo oficial algo menos de 200 días: el Presidente debió tomar distancia formal obligado por las presiones de la opinión pública y factores de poder.
El propio partido de Frondizi, la UCRI, contribuyó a crear aquel clima, porque se consideraba marginado en las decisiones y en muchos nombramientos de importancia.
Frondizi comparó su relación con Frigerio con la que habían mantenido Franklin Delano Roosevelt y su amigo Harry Hopkins. Probablemente exageraba algo. Hopkins influyó sobre Roosevelt más que Frigerio sobre el presidente argentino; llegó a mudarse a la Casa Blanca y a vivir en ella, en el estudio de Abraham Lincoln, justo bajo los aposentos de Roosevelt, durante tres años y medio. Su presidente le encomendó misiones de alta confidencialidad y le permitió estar presente –fuera de cualquier responsabilidad funcional- en importantes entrevistas de Estado, como un encuentro con Winston Churchill. Hoy algunas corrientes revisionistas, apoyándose en documentos liberados por Rusia, aventuran que Hopkins pudo ser un agente soviético. En su tiempo, la relación con Hopkins tuvo un costo importante para Roosevelt.
Esos antecedentes no implican un vaticinio, pero son sí señales de la complicación política que crea cualquier situación de bicefalismo o de doble comando. Está por verse si el paralelismo conyugal que emerge como producto de la reelección sui generis del 28 de octubre ofrece nuevas lecciones a la historia.

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