13/11/07

Reelección sin período de gracia


¿Qué opina la presidenta electa sobre el agravado conflicto con la República Oriental del Uruguay?
El silencio de la señora de Kirchner sobre la cuestión no es una evasión: es un programa.

Recitó ese silencio sobre este y otros asuntos durante la campaña y, ya consagrada, lo sostiene con empeño: toda una prueba de consecuencia. La dama sólo se pronuncia sobre asuntos abstractos y lo hace con frases que buscan el asentimiento unánime (“debemos reconstruir el tejido social”, por ejemplo). De los temas materiales se ocupa su otro yo, el esposo presidencial; en esos temas, el silencio de ella equivale a la aprobación de lo que él dice y hace, por sí o por sus ministros o voceros (que serán los de ella, salvo excepciones). Así, la agencia oficial TELAM difundió lo que él quiere que se sepa o se crea de que le dijo a solas a Tabaré Vásquez: “Nos traicionaste. Te pasaste de la raya”. Y el jefe de gabinete de él (y seguramente ministro de ella), Alberto Fernández, aseveró que “el distanciamiento con Uruguay es definitivo”.
Si lo que ocurrirá el 10 de diciembre próximo, cuando él le ponga la banda a su mujer, fuera un cambio de gobierno, esas definiciones tan dramáticas (“traición”, “distanciamiento definitivo”) referidas a una nación socia, vecina, hermana merecerían como mínimo un comentario del mandatario entrante. Sucede que lo que ocurrió el 28 de octubre fue una reelección sui generis (una reelección por interpósita cónyuge) y el 10 de diciembre no se testimoniará un cambio, sino una continuidad.
El silencio de la señora representa, desde ese punto de vista, una economía de recursos: que ella hablase, habiéndolo hecho ya su marido y el gobierno, constituiría una redundancia.
Comprender que –más allá de algunos matices- el escenario del poder es uno de reelección y continuidad ayuda a ubicarse mejor ante el momento. Un gobierno nuevo y distinto generaría expectativas y dispondría del clásico período de gracia que la sociedad le ofrece a toda escoba flamante para que demuestre cómo barre; pero en este caso, aunque se la vista de seda, la misma escoba queda.
En el conflicto por las papeleras -una situación en la que el régimen argentino mezcló largamente la negligencia, la inoperancia y la demagogia- el gobierno de Tabaré Vásquez había pagado en las últimas semanas costos políticos para calmar la ansiedad de la Casa Rosada. Aunque la empresa Botnia ya estaba en condiciones de ser habilitada a principios de octubre, Vásquez demoró el trámite para que la puesta en marcha de la planta no incidiera sobre el proceso electoral argentino. Una semana atrás, cuando ya el comicio había transcurrido, el gobierno uruguayo volvió a postergar la autorización, esta vez para no complicar las cosas en vísperas de la Cumbre Iberoamericana de Chile, en la que estaría presente el monarca español, mediador de buena voluntad entre ambos países. Esta nueva postergación fue muy cuestionada en el país vecino. Vásquez tuvo que asimilar las críticas opositoras que le imputaban haber reculado ante Buenos Aires.
En ese contexto, la actitud de Néstor Kirchner de recibir formalmente en Santiago de Chile una delegación de los asambleístas de Gualeguaychú que han bloqueado sistemáticamente durante casi dos años el puente internacional que une esa ciudad con territorio oriental, fue interpretada por el presidente socialista uruguayo como un gesto de hostilidad. Así, mientras en Chile se desarrollaba la Cumbre, en Montevideo se daba luz verde para que los motores de Botnia se pusieran en funcionamiento.
¿Puede Kirchner seriamente aseverar que Tabaré Vásquez lo “traicionó”? El sobrio presidente oriental, que quizás tendría sus propios motivos para decir algo de ese tenor, optó por la prudencia verbal.
En cualquier caso, en esta rara transición reelectoral, son varios los que emplean la palabra traición. Desde la Federación Agraria Argentina, entidad que agrupa a la pequeña y mediana producción agrícola, se esgrimió el sustantivo para calificar la imposición de nuevas, mayores retenciones a las exportaciones de trigo, girasol, maíz y soja. “Es una medida tomada a traición. No hablaron de esto en la campaña electoral”, dijeron los productores. En muchos pueblos agrarios el voto favoreció al kirchnerismo. Ahora abundan los arrepentidos.
El hecho es que para los productores el gobierno que empieza el 10 de diciembre es la continuidad del actual y la única diferencia que hacen tiene que ver las tácticas que ellos se disponen a emplear. En Carbap, por ejemplo, no quieren gastar pólvora en chimangos: “El paro no se lo vamos a hacer a los que se van. Juntaremos ganas y vamos a tomar medidas después del 10 de diciembre”, anuncian. Más moderados, los dirigentes de la Sociedad Rural afectan creer que la señora de Kirchner reverá la medida cuando asuma. Seguramente saben que eso es muy improbable: el kirchnerismo reelecto no renunciará al recurso de las retenciones cuando tiene que pagar un gasto público creciente y cuando necesitará, más que nunca, recursos no coparticipados de manejo discrecional para tratar de mantener en caja las voluntades de gobernadores e intendentes. De hecho, en la última semana Alberto Fernández utilizó los superpoderes para premiar con dinero de la caja central “redireccionado” decenas de millones hacia un regimiento de alcaldes del conurbano que contribuyeron decisivamente a que la reelección se sustanciara sin necesidad de ballotage y hacia el flamante intendente de la ciudad de Córdoba, un distrito en el que el oficialismo naufragó patéticamente y necesita una tabla para evitar el hundimiento total.
La recalentada tensión con Uruguay y políticas que castigan la inversión y la competitividad, como el incremento de las retenciones, no hacen más que acentuar el aislamiento internacional de la Argentina.
Ese aislamiento tiene consecuencias: a diferencia de países como Brasil, Chile, Méjico, Colombia, Perú o el propio Uruguay, que reciben crecientes flujos de inversión externa, la Argentina retrocede y registra salida más que ingreso de capitales.
Sin inversión las tensiones sociales suelen acrecentarse.
Y lo cierto es que, ante el nuevo período K, los conflictos en proceso no se detienen. Quizás se acentúen. “El pacto social no tiene que ver con los salarios- advirtió Hugo Moyano-; las cuestiones salariales las discute cada gremio con su patronal en las respectivas paritarias”. El gobierno lanzó la idea del pacto social con la intención de evitar que la puja distributiva motorizada por el incremento del costo de vida (el real, no el que declara el INDEC) terminara realimentando la inflación. Es probable que el resultado sea diferente: empieza a observarse que en el movimiento sindical hay pujas y competencias tanto horizontales ( enfrentamientos entre distintos sectores de la conducción) como verticales (choque entre corrientes y comisiones internas de cada sindicato con las respectivas dirigencias de sus organizaciones). En esa dinámica, todos los actores tratan de estar a la cabeza de los reclamos y la moderación cede terreno ante las posturas más radicales. Todos tratan de posicionarse y demostrar fuerza. La atmósfera es de conflicto.
Cuando no hay perspectivas de mediano y largo plazo, cuando prevalecen la mirada corta y las políticas de emparchamiento y oportunismo electoral, la sociedad no ve motivos para postergar demandas o esperar con paciencia los buenos resultados de una estrategia en marcha. La consigna pasa a ser vivir al día; el consumo rápido derrota a la propensión al ahorro. La inversión, sin perspectivas, se repliega. La inflación llama a la puerta e ingresa.
La mayor oposición que enfrenta el kirchnerismo sigue siendo la realidad. Es cierto: los desafíos que ésta le impuso no le impidieron la reelección en octubre; tuvo la suerte o la virtud de contar con la fragmentación de las fuerzas adversarias.
Pero es probable que las condiciones estén cambiando.
En este segundo período el gobierno tendrá que vérselas con un peronismo que quiere revivir (y si lo hace le pondrá límites) y con una opinión pública que se ha divorciado del oficialismo, se resigna apenas a admitir la legalidad de su victoria electoral y no termina de digerir su legitimidad y sus procedimientos poco republicanos.
Como avisa ominosamente el dicho: segundas partes nunca fueron buenas.

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